En una confitería del oeste bonaerense, un gesto silencioso entre una abuela y un mozo revela la trama invisible del hambre y la dignidad en tiempos de crisis. Entre cafés y atardeceres, una escena que desnuda, en su delicada crudeza, la distancia abismal entre quienes miran al vacío, y quienes no pueden ni quieren dejar de ver
Ituzaingó centro, lado norte. Largas extensiones de cuadras “top” que asemejan a las mejores manzanas de Castelar, Haedo o Ramos Mejía.
El cronista, como buena parte de nuestro público lector sabe, marcha en medio de su prolongado quebranto financiero que ya hace rato golpea duramente sobre su salud ósea, ciática y arterial. Entre dolores, mareos y nostalgias, camina. Que a esta altura de las circunstancias, propias y ajenas, no es poco. Y así llega hasta su nuevo boliche preferido, frente a la plaza de la citada área central del distrito en cuestión, actualmente en proceso de reformas estructurales.
Un par de jornadas muy fructíferas en materia de ventas por el vecindario de las mermeladas y licores artesanales que el cronista produce desde hace ya dos largos años, permitieron resolver urgencias para los próximos cinco o seis días, y habilitó el pequeño placer archi terrenal que lo acompaña desde siempre: Separar unos manguitos para internarse en un bar, disfrutar de un cortado, observar intensamente el ir y venir de las personas, adivinar sus ardores y también sus ocasos, estudiar sus semblantes, y elevar la mente de cara a una nueva caída del sol, en una de las regiones más amables de nuestro mancillado conurbano bonaerense.
Esta vez, trae consigo en su mochila varias hojas de apuntes de uno de los tres cursos de capacitación docente que está estudiando, más o menos en simultáneo. Saluda e intercambia amigables trivialidades con dos de los mozos del coqueto recinto, que incluso como ya lo conocen, suelen aconsejarle alguna mesa harto discreta para desplegar su oficio de escritor, sin interrupciones. Luego arremete en el proceso de la escritura. Cuadernito de hojas ralladas, lapicera, anteojos: Para muchos de los allí presentes, acaso represente una postal sepia de tiempos pretéritos, como una televisión a válvulas.
Piensa, luego se debate rumbo a la acción. Vence una vez más, al dique amenazante de la hoja en blanco.
En medio de todo ese ritual, mezcla de inocencia y paganismo inconfesado, ve ingresar a la confitería a una abuela, pero no presta mayor atención; ha de ser una comensal como tantas otras.
Sin embargo, el cronista, que se encuentra sentado junto a la barra, escondido tras los estantes donde guardan platos, cubiertos, panes y facturas, puede observar y escuchar con absoluta claridad la escena tan de nuestro tiempo que comienza a desarrollarse junto a él.
Esa abuela de ropas sencillas pero sin rasgo alguno que permita indicar una situación de pobreza extrema, conversa casi en un susurro con uno de los mozos.
“¿Hoy no tienen nada?”
“Sí abuela, pero no puedo darle acá, por favor, espéreme en la vereda un minuto”.
A partir de ese breve pero infinito intercambio de profundidades cósmicas, observo todo el cuadro con abrumadora nitidez.
Hacia allí se dirige la abuela, en su gastadito rompevientos gris y pantaloncito jogging multiusos, discretamente y, juraría, sutilmente avergonzada en su espera, que deviene en espejo de una esperanza cotidiana de multitudes.
No la hacen esperar. Ese mozo, de inmediato, habla algo en voz muy baja con la cajera del establecimiento, y luego se dirige con elegante discreción hacia la vereda, portando una bolsa con panes y un robusto puñado de medias lunas. Se las entrega a esa abuela que anda pidiendo comida, ella le sonríe y le da un beso en una de sus mejillas. Es un típico beso de abuela, de esas abuelas que leían cuentos infantiles en camisón, como cantaba María Elena Walsh en su “Marcha de Osías”. Una abuela agradecida e indefensa, que como nadie más, es capaz de verse en la penúltima miseria que le imponen estas condiciones estructurales, y la empujan con inagotable crueldad a movilizar su gastado cuerpecito para ir a pedir… un poco de pan.
Mientras tanto, sólo este cronista parece tener ojos y sentidos para apoderarse de la espesura de la situación desarrollada, a la vista de todo el mundo, pero en verdad únicamente a la vista del que escribe estas líneas. El resto de los parroquianos permanecen absortos en sus micro-mundos. Acaso tan distintos al que transita aquella abuela que pide, e incluso al del periodista que celebra su placer del cafecito semanal, gracias a la venta de modestas artesanías gastronómicas. Tan sólo un escaloncito por encima del drama de aquella abuela. Y más allá, se yergue la latente amenaza del abismo, para ambos. Y para casi todos, aunque muchos quizás jamás lo sepan.
La revolución ya es una utopía moribunda. Pero…
… aunque más no sea hecha jirones, sólo germinará desde una revolución plebeya aquel estruendo que ponga fin a este sinfín de degradaciones, indiferencias, y directrices gubernamentales que, concienzudamente, siguen creando las condiciones para la tragedia social de cada día… que ellos mismos parecen anhelar con macabro placer.

Esta es la crueldad de los que votaron a estos cosos, porque si después de ver cómo se comportan los seguís apoyando es debido a que te regodeás en esa impiedad desplegada.
Las cosas por su nombre. Los crueles son los votantes.