Mala época para los pueblos y sus héroes. Se acaba de ir de este plano la voz de los proscritos, de los pobres, de los trabajadores y de los que no tenían nada más que su voz para encontrar un poco de paz en esta sociedad, una de las más impersonales y miserables que la historia de la humanidad recuerde.
De momento, la desaparición física del Indio Solari no significa más que la agudización del sentimiento de soledad y saudade que atraviesa desde hace bastante a todos los plebeyos de estas tierras del sur. Pero solo de momento.
Porque, como él mismo dijo hace unos años, “la muerte es una oportunidad de liberarte y hacer lo que quieras”, y más allá de esa visión optimista empieza a entrar en juego lo inabarcable, lo infinito de su genio poético, prosaico e intelectual. Eso que supera al ratito que dura la muerte: el eco sempiterno de sus imágenes y sus metáforas, sus “bálsamos”, como él mismo consideró conceptualizar al referirse al impacto de su obra sobre las vidas de los desangelados.
Porque de ellos era el Indio: de sus desangelados. No solo porque él mismo lo dijo, sino porque a ellos les pertenece la naturaleza de muchos de los personajes que sirvieron a la conformación de sus líricas. El Zumba, Walter, el Héroe del Whisky, Zippo, Pierre… todos desangelados y todos para los desangelados.
Pero, como decía, ese ratito para la muerte ya está pasando. Ahora queda la vida infinita de su obra iluminando la oscuridad del pueblo plebeyo, superando, como la obra de los grandes, el sabor agridulce que deja el desconocimiento de lo no nato, de lo que pudo ser y ya no sabremos qué era. Esa sensación no es nada comparada con todo lo construido por el Indio y que seguirá alimentando a los pueblos, junto a la obra del Diego, Iorio y todos los que, en un rato, ese que dura la muerte, nos vamos a volver a encontrar.
