Resistir en la difícil, apoyar a alguien. Aliento, lealtad y fortaleza ante la adversidad. Bancar, pero desde la pasiva, al frente aunque no se lidere.
Un identificarse desde una postura que supera la contemplación.
Es un compromiso de compañía, un implicarse y exponerse en primera línea. Pero luego indica ser parte de la hinchada y la cinchada. Estar en la línea, ahí en el frente, en la lucha. Poner el pecho, el lomo y la cabeza aunque uno no sea el que lidere. Esperar la que venga, bajo la que caiga sin saber qué sea.
No implica planificar, es improvisado. Resignado pero decidido. Físico y moral, psicológico y activo. Sentirse parte de un colectivo momentáneo. Útil y necesario pero no necesariamente imprescindible. Por qué si, sin obligación ni otro pacto moral que el sentido de la propia dignidad en juego.
No es optativo sino un imperativo que surge de la propia voluntad. Siquiera apela a la conciencia meditada, solo a la reacción frente a un meterse en problemas sin medir el sacrificio.
Me gusta esa palabra, aunque uno sea un discapacitado para comprender algunas pasiones comunes, del común, del pueblo del que somos parte. Lleva a pensar y sentirse uno con un conjunto que quizás no leyó el Martin Fierro, pero entiende o presiente claramente al sargento Cruz: «Cruz no consiente que se cometa el delito de matar ansí a un valiente». Y de uniforme, en misión de captura de un gaucho rebelde, se pone de su lado cuando lo ve pelear contra los suyos. Cambia de bando no por adhesión a una causa, sino a una actitud de dignidad primaria.
Cuando sobrevivimos en un tiempo de guerra, bajo la agresión impiadosa de los dueños de las cosas y sus soldaditos, esta palabra debiera ser la base de cualquier idea y peldaño de salida. Un primer escalón que valore en su justa medida una sensación que se corporiza en sentido de vida y acción.
