Funcionarios enfrentados con funcionarios. Operaciones que brotan todos los días. Dirigentes que se acusan mutuamente de prácticas que hasta hace poco compartían sin sonrojarse. Un oficialismo atravesado por disputas permanentes mientras continúa administrando un poder que llegó prometiendo terminar con la casta y que, por momentos, parece empeñado en demostrar que la casta simplemente cambió de domicilio.

Nada de eso es irrelevante.

Las internas, las luchas por espacios de poder, los negociados, las influencias cruzadas y las contradicciones libertarias constituyen elementos importantes para comprender el presente argentino. Pero también conviene hacerse una pregunta bastante sencilla.

¿Cuánto de esa agenda altera realmente la vida cotidiana de la mayoría?

Porque mientras la política profesional se mira al espejo, millones de argentinos están mirando otra cosa. Están mirando si el salario alcanza, si el negocio de la esquina logra sobrevivir, si pueden seguir pagando servicios cada vez más caros o si tendrán que seguir resignando consumos que hasta hace poco parecían normales. Por eso la economía continúa ocupando el centro de la escena.

El Gobierno conserva argumentos para exhibir. La estabilidad cambiaria sigue siendo su principal activo y eso le permite sostener una narrativa de orden económico que todavía conserva capacidad de seducción sobre una parte importante de la sociedad. Estamos en un país que por algo más o menos similar, le otorgó 10 largos años de gobierno a Carlos Menem. Con todo lo que ello terminó implicando. Y haciéndonos estallar en mil pedazos.  Sería absurdo negarlo.

Como también sería absurdo confundir estabilidad con bienestar.

Porque debajo de algunos indicadores continúan desarrollándose fenómenos bastante menos alentadores. Cierran industrias. Desaparecen pequeñas empresas. Se precariza el trabajo. Los salarios siguen corriendo desde atrás y cada vez más familias se acostumbran a vivir un poco peor que antes.

La pregunta es cuánto tiempo puede convivir esa sensación de estabilidad con un deterioro persistente de las condiciones materiales de amplios sectores sociales: Lo cierto es que nadie tiene una respuesta definitiva.

Los procesos colectivos no funcionan según los tiempos de las redes sociales ni de los laboratorios electorales. La gente observa, compara, acumula experiencias y finalmente saca conclusiones. A veces más despacio de lo que algunos quisieran. Pero las saca.

Por eso resulta tan exagerado anunciar el derrumbe inminente del experimento libertario como asegurar que su consolidación está garantizada. Lo único evidente es que el oficialismo todavía conserva crédito en una parte importante de la sociedad y que quienes aspiran a reemplazarlo, siguen sin ofrecer una alternativa capaz de despertar expectativas consistentes fuera de sus –amplios- núcleos militantes.

Y ya que hablamos de representación, pluralismo y convivencia democrática, vale una breve escala en el terruño local.

George Orwell escribió alguna vez que todos los animales son iguales, aunque algunos son más iguales que otros. A juzgar por ciertas conductas, la máxima conserva una vigencia admirable.

Al menos en Morón.

Mientras algunos medios locales son convocados a desayunos institucionales, reciben consideraciones especiales y ven renovarse sin sobresaltos sus pautas publicitarias, otros parecen haber sido destinados a una categoría diferente. Menos visible. Menos conveniente. Menos bienvenida.

Entre ellos, naturalmente, se encuentra el Semanario Huellas.

Nuestra histórica independencia editorial, tan imperfecta como obstinada, acaba de merecer un curioso reconocimiento: el ingreso formal al club de los despautados, los excluidos y los prescindibles. Ni pauta, ni invitación, ni siquiera la cortesía elemental de disimular el destrato.

No deja de ser una forma de sinceridad política.

Después de todo, las decisiones también hablan. Y algunas, por si quedara alguna duda, terminan describiendo con bastante precisión a quienes las toman.

Y quizás allí aparezca una de las paradojas más interesantes de este tiempo:

Mientras la política profesional parece cada vez más encerrada en sí misma, lo mejor de la política está ocurriendo por fuera de la política.

No en los despachos.

No en las roscas.

No en las operaciones de palacio.

No en las peleas interminables que consumen a dirigentes convencidos de que el país empieza y termina… en sus propias disputas.

Está ocurriendo en otro lado.

Es en las calles.

En las reacciones colectivas frente a determinadas injusticias. En la capacidad de una comunidad para conmoverse cuando algunos creen que ya nada puede conmoverla. En esos reflejos sociales que aparecen una y otra vez para recordar que debajo del ruido cotidiano siguen existiendo valores compartidos.

Porque la verdadera política nunca fue solamente una cuestión de partidos, elecciones o cargos públicos.

La verdadera política es aquello que define como una sociedad se organiza, qué dolores reconoce como propios, qué valores decide defender y qué futuro está dispuesta a construir.

Y esa política, la más profunda, la más auténtica y probablemente la más importante, sigue naciendo desde las entrañas del pueblo mucho antes de llegar a los escritorios donde algunos creen administrarla.

Por eso la conmoción generada por la muerte del Indio Solari excede largamente a la desaparición física de un músico.

Lo que vuelve a ponerse de manifiesto es uno de los fenómenos culturales y populares más extraordinarios de la Argentina contemporánea. Algo que nació desde abajo, creció al margen de las estructuras tradicionales del poder y terminó construyendo una identidad colectiva que todavía desconcierta a quienes pretenden explicar el país únicamente desde las estadísticas, las campañas electorales o los estudios de mercado.

Quizás, como ya dijeron por ahí días atrás, porque para comprender fenómenos como el ricoterismo hacen falta menos prejuicios y más territorio.

Hace falta entender que cientos de miles de personas no encontraron solamente canciones. Encontraron una forma de pertenencia. Una comunidad. Una experiencia compartida capaz de atravesar generaciones enteras y de sobrevivir a todos los cambios de época.

Y no deja de ser significativo que semejante manifestación de fraternidad reaparezca justamente cuando el individualismo pretende venderse como única forma posible de vivir en sociedad.

Todo ello, ese auténtico paradigma, nos recuerda una verdad bastante elemental: Que los pueblos existen. Que la solidaridad existe. Que la necesidad de pertenecer existe.

Y que, aún en los tiempos más ásperos, las expresiones colectivas nacidas desde abajo continúan siendo una de las fuerzas más poderosas de la historia.

Mucho más poderosas, seguramente, que varias de las miserias (estructurales y humanas) que hoy ocupan el centro del ring en los diversos escenarios de nuestra política.

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