Trump anunció ante la prensa el fin de la guerra, aún antes que Irán se hubiera pronunciado sobre tal acuerdo. Lo cierto es que los mercados, a sola declaración de Trump, ya apostaron sin ver a qué apunta su juego.
El índice Brent del precio del petróleo cayó un 6%, el precio del barril del West Texas cayó a los 68 dólares; y en Wall Street, NASDAQ subió un 2%. Según Trump el éxito consiste en que Irán no apuesta por las armas nucleares y cita a casi todos los jefes de Estado de la región para legitimar un consenso forzado. Pero Irán no ha realizado ninguna afirmación.
Y si Trump espera que Netanyahu acepte, olvida que, para el Estado sionista, esta guerra tiene carácter existencial: o destruyen o desaparecen. Pero Trump manipula todo para lograr siempre ventajas tácticas. Ese es el poder del reino de la posverdad. Puede mentir a discreción porque hay un público que siempre le creerá.
Algo similar nos sucede en Bolivia. Cualquier diálogo es un mero espectáculo para la complacencia social; porque Paz y su gobierno pueden aceptar todo, de boca para afuera, sólo para inflar una burbuja de expectativas que nunca será vinculante (como ya lo han hecho repetidamente). Tiene ya demasiados compromisos (que hizo para comprar legitimidad) que no puede hacer a un lado. Lo único que se propone —y le exigen— es seguir minando la confianza generada, para tener el tiempo suficiente de implementación de su verdadera misión: socavar la existencia misma del Estado plurinacional.
Mentirá de nuevo y acusará, a toda protesta (como consecuencia del nuevo fraude), de sabotear la pacificación. El relato de criminalización, señalizando racialmente a los “vándalos” y “violentos”, activará una nueva y más decidida respuesta coercitiva, como producto del escarmiento que él mismo ha fecundado —mediante el agotamiento y el agobio— para satisfacer el hambre de revanchismo racista. Entonces se aplicará, fiel al modelo de Carl Schmitt, el verdadero Estado de excepción, suspendiendo todo derecho posible, anulando el ordenamiento jurídico mismo sin apelación constitucional (la OEA y el “Escudo de las Américas” actuarán para justificar semejante disparate legal); porque amaneceremos con un soberano concentrado en un reemplazo privativo.
El poder despótico nace de ese modo: la minoría que concentra el poder hace un acto de transferencia de soberanía al despotismo del ego ontológico: “l’Etat c’est moi” es el antecedente de la soberbia ontológica del “my own morality it’s the only thing that can stop me”, como lo afirma Trump.
Aunque no puede decirlo enfáticamente ningún títere jefe de Estado de su backyard, también piensan como su amo. Los ilusos analistas piensan que eso está superado; pero sus prejuicios señoriales sólo hace desviar esa constante para desacreditar al pueblo. Exigen el respeto a las minorías sólo por formalismo democrático, pero cuando las mayorías se hacen poder constituyente, entonces se las reduce a minorías beligerantes, que ya no merecen respeto alguno. En este conflicto de más de un mes se evidencia eso. Al bloqueo de las protestas responden con el bloqueo cognitivo; describen los hechos sesgadamente porque no los comprenden y porque responden sólo a su idiosincrasia y sus patrocinadores.
