Una joven de 18 años fue asesinada a balazos en Ituzaingó tras una discusión; su padre también resultó herido.
Pareciera que las tragedias no avisan con comunicados tibios de comisaría; por el contrario, irrumpen a sangre y fuego en el corazón de un Ituzaingó que, en sintonía con amplias franjas de nuestro castigado conurbano, parece acostumbrarse al horror de las crónicas policiales. Una piba de apenas 18 años –es de Perogrullo señalar que tenía toda una vida por delante pero hay que subrayarlo: la habría tenido si el machismo no dictara sentencia antes- se convirtió en la nueva cifra trágica de un femicidio que lastima, asfixia y desnuda la peor cara de la desidia social y estatal.
La secuencia es de una brutalidad insoportable. Una discusión de pareja, la prepotencia de la violencia como único argumento y un femicida que no tuvo empacho en gatillar contra su novia y también contra el padre de la joven, quien terminó con heridas en ambas piernas intentando frenar el crimen. El hospital local se convirtió, una vez más, en la triste postal del desamparo: móviles policiales corriendo contra el reloj, médicos lidiando con la muerte en el shockroom y una vida apagada por un energúmeno, que, digamos todos de una vez, integra la larga legión de los que están de más en este mundo.
¿Hasta cuándo vamos a seguir midiendo la seguridad y la convivencia en el conurbano con la vara de la estadística fría? “Este año murieron 25 menos” versus “Pero el año anterior en comparación, murieron 17 más”. Puros datos inhumanos para el regocijo de las burocracias, la comidilla de los grandes multimedios… y la justificación de no pocos contratos de aquí y allá.
Mientras tanto, para variar: Las comisarías actúan tarde, los protocolos llegan cuando el cajón ya está cerrado y la violencia de género sigue campeando en nuestros barrios como si fuera una fatalidad climática. Pero no lo es. Es el resultado directo de una matriz cultural tan decrépita como en estado terminal, que se apuntala de la mano de estructuras estatales que miran para otro lado, mientras nuestras compatriotas mueren en manos de violentos.
Ituzaingó esta noche sangra, y el oeste se vuelve a vestir de luto. No alcanzan los discursos de ocasión ni los lamentos de escritorio.
Ante una estructura social concebida, pensada y estructurada de acuerdo a los designios exclusivos de hombres que, como en todas las otras cosas del devenir de la humanidad, han concebido todo mal, cada femicidio se presenta en todo su horror como una cachetada a nuestra supuesta modernidad civilizatoria. Y deviene en un recordatorio impiadoso de que, frente a determinados patrones criminales, la desprotección sigue siendo total.
