Producto de las notas periodísticas publicadas en diferentes medios en las últimas semanas, una gran parte de la población de nuestro país se anotició del uso del herbicida glifosato en las unidades productivas donde se cultiva yerba mate a fin de contrarrestar el accionar de las hierbas silvestres. Una situación que, desde un amplio grupo de instituciones, asociaciones, productores, venimos denunciando en los últimos 30 años.

Muchos temores, dudas, preguntas en torno a cómo pueden afectar la salud socioambiental las aplicaciones de glifosato, en especial sobre cada cuerpo de aquellos que poseen el hábito de tomar mate varias veces al día desde que somos niños.

La otra gran pregunta se relaciona con la posibilidad de producir y consumir yerba mate agroecológica. De estas dudas trata esta nota, la de presentar las prácticas llevadas a cabo por productores/as que, de manera individual y asociativa, cultivan yerba mate no solo sin usar fertilizantes y plaguicidas, sino recreando agroecosistemas biodiversos y con una nutrición integral de los suelos. Además, no se deforesta, se reciclan los residuos orgánicos y se remueve muy poco el suelo.

En las unidades analizadas, los productores/as buscan complementar diferentes prácticas y tecnologías dentro de las estrategias planteadas para alcanzar sus objetivos. Las mismas pueden poseer un origen interno o provenir del intercambio de experiencias con otros productores, así como del intercambio con miembros de organizaciones e instituciones que realizan tareas de comunicación, extensión y transferencia tecnológica.

El diseño es fundamental a fin de fomentar la sinergia entre actividades y componentes del sistema. De acuerdo con dos principios de la permacultura, se deben conocer los requerimientos y aportes de cada componente en referencia a los alimentos, la energía, el espacio, los residuos y el agua, entre otros.

La generación de biodiversidad es un eje fundamental dentro de las unidades agroecológicas, a partir de la cual derivan diferentes estrategias y prácticas. Se persiguen los objetivos de lograr sinergia, manejo ecológico de insectos y enfermedades, nutrición integral de los suelos, salud socioambiental, la protección y el manejo del agua del suelo a partir de la diversificación intra e interespecíficas de especies.

En los predios se dejan crecer plantas silvestres herbáceas entre las hileras de yerba, las cuales se incorporan al suelo de manera natural o mediante el segado y uso de maquinaria. También se incluyen plantas nativas dentro y en las calles del yerbal (aunque hay raleo) y en sus alrededores, con especies como molle, ambay, anchico, laurel, inga, timbó blanco, petibiri, guayabira, cedro misionero y urunday.

Los productores confeccionan abonos a partir de los residuos, promoviendo el reciclaje, el cierre de ciclos naturales, la reducción de insumos y mejorar las características químicas, físicas y biológicas del suelo. Se suele aplicar estiércol de animales herbívoros debajo de las plantas.

También se utiliza aplicación de viruta de origen vegetal (chipeada/procesada para disminuir su tamaño) en el abono compuesto o directamente en el cultivo.

Se utiliza “Supermagro”, un abono foliar en base a estiércol de animales y sales minerales. Se destaca este producto por su efecto en la nutrición integral de las plantas, dado que aporta macro y micronutrientes.

Para la protección de los suelos y la incorporación de materia orgánica, se lleva a cabo la práctica del rozado (corte de vegetales silvestres). El colocar la materia vegetal cortada en la superficie posibilita la incorporación de materia orgánica, posibilitando que el suelo sea más mullido y cubierto, y con ello que ingrese y se retenga el agua de lluvia, evitando la desecación y haciendo frente a las sequías.

El análisis de la sustentabilidad/autonomía alcanzada por medio de la estrategia de reproducción económico-ecológica adoptada por las unidades productivas tiene en cuenta las siguientes variables: acceso a la tierra, fertilidad del suelo, biodiversidad intra e interespecífica, acceso a abonos y a forrajes, acceso a mano de obra y acceso al equipamiento.

La sustentabilidad, definida como la capacidad de un agroecosistema de recrear sus condiciones de existencia sin la dependencia de grandes aportes de insumos y/o factores de producción externos, se logra en las unidades analizadas mediante la integración de actividades, las asociaciones de especies cultivadas y silvestres, el desyuyado selectivo de las plantas silvestres, el abonado natural de los suelos, la incorporación de abonos verdes, la utilización de cubiertas vegetales y el uso de biopreparados.

La resiliencia, que refiere a la capacidad de la unidad productiva de brindar respuestas a cambios fuera de su control en el entorno social, económico y ambiental del agroecosistema, que interfieren negativa o positivamente en su funcionamiento dinámico. La misma puede estimarse a partir de la inclusión de actividades, de biodiversidad natural o planificada, la diversidad de mercados, la industrialización de diversas actividades, productos, diversidad de rentas, los insumos y animales atesorados.

Los productores/as de yerba agroecológica han creado ecosistemas más resilientes. Los árboles, arbustos y otros vegetales van creando distintos estratos, permitiendo la circulación del aire y reduciendo las temperaturas extremas. Se crean zonas de sombra, siendo lugares de refugio de insectos y otros animales. Asimismo, se reduce la acción de los vientos que pueden ser perjudiciales para los cultivos.

En las unidades productivas se logró evitar la dependencia de insumos químicos y de abonos externos, minimizando los gastos fijos y variables. Se cubren todos sus costos y obtienen beneficios, aunque con cierta heterogeneidad entre cada una de las experiencias.

Ahora bien, llevar adelante unidades productivas agroecológicas implica aceptar y resolver ciertos desafíos dentro de un complejo productivo con alta concentración del mercado que, al hallarse en manos de grandes empresas, lleva a la desaparición de productores familiares.

En primer lugar, a los productores se les paga 250 pesos el kilo de yerba, cuando todos nosotros pagamos 5.000 pesos el kilo en cualquier comercio. Ese precio no alcanza para pagar todos los costos de producción, por lo cual muchos productores han optado por no cosechar e incluso abandonar la actividad.

Organizarse entre productores resulta necesario para poder realizar en conjunto las tareas que se encuentran luego de la fase de producción, tales como el traslado al molino, el desecado, el estacionamiento, el envasado y el traslado a los centros de comercialización.

Además, se requiere recrear junto con otras instituciones un sistema que certifique la producción, secado y envasado según las normas agroecológicas.

Constituye un desafío el obtener apoyo municipal y provincial a fin de realizar el sistema participativo de certificación agroecológica. También resulta un obstáculo que el área de producción se encuentre en una zona con desarrollo de monocultivos con alto uso de plaguicidas y fertilizantes.

También encontramos oportunidades como la adaptación crítica al cambio climático. En este sentido, la inclusión de biodiversidad, especialmente árboles, junto con los humedales, generan un microclima especial. Se registran menos temperaturas que en el resto del predio.

La práctica del rozado (corte de vegetales silvestres colocados sobre la superficie) posibilita la incorporación de materia orgánica, con lo cual el suelo mejora sus características químicas, biológicas y físicas. De esta manera, ingresa y retiene el agua de lluvia, evitando la desecación y haciendo frente a las sequías.

En este ambiente se propician y se ven enriquecidos los flujos, los ciclos y las relaciones entre los seres vivos (vegetales y animales). Aparecen más insectos y pájaros indispensables en el manejo ecológico.

Los productores agroecológicos organizados pueden en conjunto realizar ellos mismos todas las fases del ciclo productivo y la comercialización, con lo cual pueden obtener un mayor beneficio económico y social.

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