El Gobierno argentino aparentemente puso sus organismos al servicio de la salida de Flávio Bolsonaro, mientras sus voceros ensayaban una operación de confusión para encubrirla.
La huida de Flávio Bolsonaro hacia Estados Unidos no fue una simple escala aeroportuaria ni un episodio menor de la política regional. Fue una demostración obscena de cómo el poder puede convertir las instituciones públicas en herramientas de protección para sus propios aliados… recurrentemente alineados en las derechas regionales, claro está. Y Javier Milei, tan aficionado a declamar contra los privilegios ajenos, quedó del lado de quienes facilitan la impunidad cuando el beneficiario pertenece a su familia ideológica.
Mientras la Justicia brasileña investigaba al hijo del expresidente Jair Bolsonaro y pesaban restricciones judiciales sobre sus movimientos, el recorrido argentino de su salida estuvo rodeado de movimientos oficiales, versiones contradictorias y maniobras destinadas a enturbiar la información. La reconstrucción de su viaje incluyó su ingreso al país, el traslado hacia el aeropuerto de Puerto Iguazú y la partida en un avión privado rumbo a Estados Unidos, con escala en Ecuador. No fue precisamente una travesía clandestina improvisada: hubo una logística que compromete políticamente al Gobierno argentino.
El avión Gulfstream utilizado pertenecía a Sergio Mastropietro, señalado en una investigación vinculada con presuntas maniobras fraudulentas contra la Agencia Nacional de Discapacidad. La coincidencia resulta brutal: un aparato asociado a un empresario investigado en una causa que golpea a un organismo destinado a proteger derechos sociales terminó en el centro de una operación que favoreció la salida de un integrante de la ultraderecha brasileña. En la Argentina del ajuste para las mayorías, siempre parece haber recursos y contactos disponibles cuando se trata de la verdadera y eterna casta: la de los poderosos.
También aparece el papel de Santiago Caputo, el asesor presidencial que juega a mover los hilos desde las sombras y que se burló públicamente de las versiones periodísticas sobre el paradero de Bolsonaro. La confusión informativa no fue un detalle pintoresco: funcionó como cortina de humo mientras se reconstruía el itinerario. Cuando el Gobierno presume transparencia, pero sus operadores alimentan el desconcierto, surge una esperada incertidumbre: ¿a quién estaban ayudando a ganar tiempo?
La comparación que algunos voceros ensayaron con la salida de Evo Morales de Bolivia en 2019 es una trampa argumental. Morales abandonó su país en medio de una ruptura institucional, con las fuerzas policiales y militares presionando por su renuncia y un escenario de violencia que amenazaba su integridad. Flávio Bolsonaro, en cambio, se marchó mientras era objeto de una investigación judicial. Equiparar ambos episodios no aclara los hechos: pretende borrar sus diferencias para fabricar una coartada. La típica coartada de los mugrientos.
Milei repite que “el que las hace las paga”, pero la consigna se vuelve una burla cuando el Estado que conduce aparece facilitando el camino de un aliado político. Para los jubilados, los docentes, los trabajadores y las personas con discapacidad, el Gobierno reserva la motosierra, el desprecio, los garrotes y la sospecha. Para la ultraderecha amiga, en cambio, parece ofrecer coordinación, discreción y pista de despegue.
El episodio también retrata una política regional en la que las derechas se protegen entre sí mientras cuestionan la soberanía de los pueblos y convierten la diplomacia en una herramienta de presión. Varios académicos ya han advertido sobre formas de diplomacia que operan mediante coerción y amenazas. En ese tablero, Milei no defiende los intereses argentinos: se acomoda detrás de los más poderosos sin el menor temor al ridículo, y pone el Estado al servicio de su sociedad política y judicial.
La fuga de Flávio Bolsonaro deja una postal tan vergonzante como difícil de disimular: un Gobierno que castiga a los de abajo mientras les abre un auténtico portal al cualquier fuga de los de arriba. El relato de la libertad termina donde empieza la conveniencia de los amigos. Y cuando el Estado se convierte en alcahuete de la impunidad, el problema ya no es solamente quién se escapa: es quién le sostiene la puerta.
