Nunca antes se me había cruzado por la cabeza la idea de no decir que soy argentino. En todos estos años de vivencias, placeres y algunos sufrimientos, siempre llevé con orgullo mi argentinidad y respondí con firmeza, alegría y voz alta a la tan cotidiana pregunta sobre mi origen.
Hace 14 años, siguiendo el amor, dejé de vivir en Argentina. Las circunstancias laborales posteriores nos llevaron a mi pareja y a mí, a distintos lugares del mundo: España, Inglaterra, Suiza y hasta la diminuta isla de la Martinica, en el hermoso Caribe. Por vacaciones, además, pudimos conocer países y culturas variadas: Marruecos, Jordania, Japón, Polonia, Filipinas, etc. Con este ejercicio autorreferencial no pretendo alimentar mi ego ni mi estupidez, sino solo darles un contexto previo a la siguiente afirmación: jamás, nunca antes, en estos 14 años, había sentido vergüenza de mencionar mi país de procedencia.
Hasta que llegó Milei al Gobierno.
Nunca antes se me había cruzado por la cabeza la idea de no decir que soy argentino. En todos estos años de vivencias, placeres y algunos sufrimientos, siempre llevé con orgullo mi argentinidad y respondí con firmeza, alegría y voz alta a la tan cotidiana pregunta sobre mi origen.
Y lo sigo haciendo, aún sabiendo que la reacción a mi respuesta está girando hacia lo negativo.
A lo largo de todo este tiempo lo primero que escuchaba al decir que soy argentino fue variando, pero siempre se mantenía en el otro una respuesta que mezclaba afecto, fanatismo y fascinación curiosa. Afecto en el caso español debido las relaciones históricas entre los países (los españoles en general adoran a los argentinos), fanatismo en cada país (Maradona y Messi, por supuesto), y fascinación curiosa: “No voy a morir sin conocer Argentina, dicen que se come bien”, “Una vez fui a Buenos Aires y me sorprendió ver a todo el mundo leyendo en el transporte público”, “Las películas, los músicos, las publicidades y la radio de tu país son fabulosas”, “Allí la gente es amable y muy solidaria”, son solo algunas de las cientos de frases inolvidables y en distintos idiomas que fui recibiendo y guardando en mi corazón.
Por supuesto que había comentarios hacia la economía del país, pero siempre desde un cariño fraternal: “que pena que un país tan hermoso y con tantos recursos no pueda bajar la inflación”, “tenéis una crisis cada diez años, ojalá podáis solucionarlo”, etc. Siempre, acto seguido, se ponían a enumerar las virtudes de Argentina.
Todo cambió desde la llegada de Javier Milei al poder. A lo largo de estos eternos 83 días me han parado en el trabajo unas diez personas de al menos cinco nacionalidades.
Aclaremos que los europeos en general no son como los argentinos que solemos ser los que iniciamos las conversaciones. Es raro que un francés te cruce en un pasillo y te agarre de los brazos y te diga algo que ya no puede soportar. Pero es tanta la indignación mezclada con sorpresa que genera Milei, que hasta los circunspectos ingleses necesitan expresar en voz alta su estupefacción.
Me dijo un profesor de francés: Mais vous êtes fous? Qu’est que vous avez choisi comme président? (“¿Ustedes se volvieron locos? ¿Qué eligieron como Presidente?”)
Me dijo una recepcionista inglesa: “I thought there was nothing worse than Boris Johnson, but you knew how to choose worse” (Yo pensaba que no había nada peor que Boris Johnson, pero ustedes saben cómo elegir peor”)
Me dijo un alto directivo alemán: “Der argentinische Präsident bringt andere in Verlegenheit” (“El Presidente argentino da vergüenza ajena”)
… Y yo los escucho, resignado y muy triste, mientras pienso en la necesidad imperante de comprarme una remera que diga “Yo no lo voté”



Saber cómo llegaron a votarlo no es un gran desafío para desentrañar , la ignorancia, el odio y la esperanza se mexclaron. La pregunta es por qué hoy a 80 y pico de días sigue en pleno ejercicio? Y creo que es tal el bombardeo que la reacción tarda en llegar, es tan grande el impacto de este primer tiempo que no llegamos aún a dimensionar lo que pasa y va a seguir pasando. Espero el segundo tiempo, el que repare, el que busque justicia, aunque da miedo saber que cuanto más se acumule a espera más grande será la explosión, ya está corriendo sangre, esto.tiene que terminar.. ya es suficiente maltrato, esto definitivamente no tiene que parar, hay que pararlo.
Roberto Es un placer leerte, siempre