Con la mala prensa producida por grandes empresarios, interesados en limar a quienes les demandan repartir la que generan los trabajadores -y cada vez quieren repartir menos- las estructuras en defensa de los derechos laborales, cuando se mueven, conmueven.
No podemos esquivar las críticas que toda institución merece. ¿Quién puede quedar limpio en el sistema capitalista?, en una sociedad en descomposición basada en la apropiación privada de lo que debiera estar a disposición de todos, y la explotación del trabajo por parte de quienes ganaron la carrera de robar primero y legalizar luego el robo.
La amenaza de guerra atómica y catástrofe ambiental bastan para verificar su “eficacia” como sistema global.
Rol y desafío sindical
Los sindicatos somos aquellos que asumimos responsabilidades, desde la experiencia de construir estructuras defensivas con la delegación de los pares, no somos ajenos a los vicios y virtudes que tienen todas las organizaciones que buscan la reproducción social.
El avance de laberínticos sistemas de pelea por los recursos materiales y las condiciones de trabajo, llevan a especializarse o aprender rápido, sobre las trampas legales o de facto, que tienen los dueños de las cosas para aprovecharse de la necesidad del que sólo tiene su cuerpo y capacidad de trabajar para sobrevivir.
Cuando la mitad de la fuerza laboral está fuera del mercado formal institucionalizado, sobre todo en un país con una historia centenaria de peleas y acumulación de derechos sociales, se pierde una parte importante de prácticas, experiencias y herencias.

Desde la dictadura, tiempo en el cual desaparecían delegados, luego con el terror económico de las privatizaciones para terminar con la destrucción de industrias de todos los gobiernos neoliberales; generaciones completas no han conocido qué es la cultura del trabajo y su correlato de saberes para conseguir salario digno y respeto.
Incluso con esa reforma laboral de hecho, que significa empobrecerte para imponer cualquier sacrificio, gran parte de nuestra sociedad no sabe qué es un trabajo formal.
Pero quien sí lo conoce, tiene que organizarse para no trabajar 16 hs, antes de los 18 años, no ser sometido siendo mujer o menor, sin protección contra substancias químicas o sanitarias, esfuerzos insalubres o las consecuencias del trabajo nocturno, enfermedad o embarazo y todas las formas en que, el que tiene, puede abusar del que no tiene.
El mayor desequilibrio
Hoy, un personaje estrafalario logró sintonizar los desequilibrios de una sociedad amansada a fuerza de asesinatos masivos, despidos a mansalva, empobrecimiento y concentración de la riqueza a torniquete de trampas, saturación y aislamiento de la mente con tecnologías de persuasión y propaganda, un sistema financiero online despegado de la producción, una pandemia aislante con muertos sin velorio, y un sistema partidario pervertido por el poder de los multimillonarios.
Y con ese señor dañado y fanatizado, empleado de los grandes grupos económicos, el movimiento obrero debe intentar algún tipo de razón, subsistencia y negociación para no caer en la batalla de todos contra todos.
Hay quien asigna al sistema de gremios la tarea de tirar abajo la voluntad organizada de los grupos económicos puestas a ser gobierno por muchos de los mismos trabajadores.
Pero los sindicatos son estructuras defensivas, no partidos políticos. Su tarea no es disputar lugares del Estado, sino discutir e imponer políticas de distribución de la riqueza que los trabajadores crean. No hace las leyes, sino que con la fuerza de la movilización, la huelga o la palabra busca que la letra de la ley favorezca a los que menos poder tienen.
Los partidos y agrupaciones políticas tienen que hacerse cargo de la responsabilidad que les compete. Luego, un partido que se diga popular, debe incorporar cuadros sindicales honestos y coherentes con su clase social.
Paro General
Pedir un paro general es una demanda que cualquier laburante puede hacer, sabiendo que mil paros o manifestaciones son sólo eso: parar la producción y circulación de bienes y servicios para demostrar fuerza organizada. No es una política de salida de la crisis, y menos una herramienta para conducirla. Incluso es necesario que se discuta en las estructuras sindicales cuáles son los criterios y prioridades, qué se puede hacer para unir lo diverso con una agenda de transformaciones. Un programa de y para todos los trabajadores.
Esa agenda existe desde hace mucho tiempo: nacionalizar lo estratégico para el despegue de la economía (energía, exportaciones clave, alimentos, divisas extranjeras y repatriación de lo fugado, entre otros), una política de vivienda masiva y barata, garantizar salud y educación de calidad social para todos, igualdad de género en todas sus variabilidades, defensa activa de los derechos humanos permanentes, buscar la unidad de gobiernos latinoamericanos para enfrentar o negociar como bloque en este mundo multipolar… por cierto, éstas son algunas de las tareas que el peronismo enuncia, aunque de modo incompleto, con sus tres principios estratégicos.
Que no tengamos la fuerza organizada, el contexto internacional o la claridad para impulsarlas, no significa que abandonamos la perspectiva de nuestras necesidades reales.
Y para eso sí tenemos que prepararnos, mientras damos las contiendas cotidianas de resistencia, incorporación de trabajadores el sistema legal u organizamos a los que están afuera para que entren.
Esto no da para más, pero la tarea de pensar y preparar las condiciones para retomar ese camino abandonado hace tiempo (¿1955? ¿1974? ¿2015?), es también nuestra.

