Pocas veces, debo decirlo, tengo una sensación concreta de que existe la posibilidad de recuperar el espíritu del “buen cine”. Quiero comentarlo porque no soy el único al que le sucedió eso de que finalmente puede ocurrir.
Pues me animé a comprobarlo, luego de que un amigo me dijera: “Tenés que venir a verla…no dejes de ir. Uno siempre estaba esperando que sucediera eso de que volvía lo mejor del cine italiano y así fue. Andá a verla, te va a volar la cabeza”. Mis amigos Valentín y Lucila son tan cinéfilos como yo: él logra con frecuencia abrir una puerta al buen cine. Debo reconocer una vez más que con la recomendación de una película de la que originalmente no tuve una noticia por motus propio.
Debo decir que Siempre nos quedará mañana (C’è ancora domani) sencillamente me conmovió. Y fue así, tuve durante su trayecto esa sensación de regocijo que produce el buen cine, algo que hacía tiempo que con las películas italianas no me sucedía.
No obstante, más allá de la emocionalidad desatada con ella, en la obra hubo algunos elementos que me parecen esenciales para superar la meseta que, a mi juicio, una producción cinematográfica puede tener.
En el tránsito que da el seguimiento de una obra, mediada por mi disposición personal, tal vez tenga que ver con que un relato se agote rápido. Y eso me sucedía con las películas italianas de las últimas décadas.
Debo decir que en el caso del mencionado film, además, una atmósfera neorrealista volvió a invadirme una vez comenzada. Aquella que era parte del cine de posguerra, donde los dramas existenciales se representaban con pocos actores profesionales en escenarios reales. Seguramente no se me escapó que tal vez la Magnani, Brunella Bobo, Antonio Ricci o Emma Gramática anduvieran dando vueltas por allí, haciendo un cameo, mezclados en esas situaciones dramáticas que esta película refleja. Porque algo es claro: la inspiración neorrealista y su carácter paradigmático han dejado una impronta feminista, y eso se ve en esta película que hubo dirigido Paola Cortellesi.
En el relato, un gran acontecimiento que hizo historia en la Italia del 46, además, el viejo tema de la violencia hacia la mujer, se conjugan como parte de la salvación no sólo del personaje de Delia sino de tantísimas mujeres que la miran con la expectativa de dar salto. Realmente ese gran paso sea lo más significativo y conmovedor de la película, aunque claro está en la coloratura de la historia esté el verdadero motivo de haberlo logrado.
En lo personal, cuando me dispongo a ver un film no espero acertar a poco de transcurrida el final de la misma. En este caso hubo situaciones que me llevaron a anticipar otro desenlace, ir por otro camino. Pero el que transitó Delia me llevó a magnificar no solo su superación personal, sino a mentalizar esa rara sensación de los actos altruistas, los cuales son un gran paso para una sociedad en crisis.
Así es que, sin que necesariamente me tome una licencia poética, puedo desde lo visto volver a nuestro territorio y conectar la visión de una crisis intencionada, esa que nos pone un poco a todos en la piel de Delia, de Ivano su marido o de Marcella, la hija mayor de ambas. Ellos nos enseñan cómo el sometimiento a los mandatos que vienen de la mano de un fascista operante, o de su necesaria superación, imponen una mirada crítica cuando una sociedad toma decisiones trascendentes que minan el adormecimiento de los sistemas dominantes.
No se nos escapan a todos y todas quienes vivimos un momento crítico la zozobra, que personalmente siento en ello una extraña sensación de intencionalidad y planificación deliberadas. Sin embargo, cuando esto ocurre es el justo momento para generar instancias de regocijo que nos permitan encontrar una puerta de superación ante tantas dificultades.
Lo crítico intencionalmente creado no en vano se lleva puesta la cultura y cierra todas las puertas para repensar las crisis y encontrar otras salidas. El fascismo italiano, por tomar en cuenta las circunstancias contextuales de la película en cuestión, no abandonó al cine, pero creó un modelo elogioso de Il Duce. Un modelo de los teléfonos blancos que se contrapuso al neorrealista.

