Se suele definir a la sustentabilidad en las actividades agrícolas como la capacidad de un sistema de recrear sus condiciones de existencia, reduciendo su necesidad de aportes de energía externa, concepto que podría extenderse aunque no de manera automática, a otras actividades humanas con las cuales intentamos satisfacer nuestras necesidades, deseos y aspiraciones. 

La sustentabilidad y la autonomía dentro del paradigma agroecológico son inseparables. En la actualidad subsisten demasiadas evidencias de que, a partir de nuestros modos de consumo y relacionamiento con la naturaleza prevalentes, vivimos en un planeta y en sociedades insustentables. Claro está, con fuerte diversidad de situaciones que van desde la pobreza extrema a la opulencia y desde una mirada desaprensiva de los bienes naturales a cosmovisiones cautas e inclusivas en la naturaleza.

La insustentabilidad se evidencia  en la apropiación de la naturaleza, así como en los procesos productivos  que de ello derivan: en el creciente consumo de petróleo, gas y minerales, así como en la generación de residuos contaminantes. También en sus consecuencias como la desaparición de especies animales y vegetales, la contaminación y pérdida de sus características en los ríos, aire y suelos, en  la generación de enfermedades en todos los seres vivos, pérdida en nuestra soberanía tecnológica y alimentaria y en nuestra capacidad de tomar decisiones políticas de manera libre.

Gudynas nos plantea dos conceptos fundamentales: la necesidad de recrear, desde la diversidad de cosmovisiones  y territorios, condiciones para alcanzar una sustentabilidad súper fuerte dentro de mecanismos de  extracción y utilización de bienes indispensable (Gudynas, 2011)[1]. La sustentabilidad súper fuerte nos compromete no solo en el respeto por toda la naturaleza sino una valoración plural de la misma, la cual incluye aspectos ecológicos, estéticos, religiosos y culturales. En la misma contiene la contemplación, los lazos generados con los bienes,  los derechos de la naturaleza como ser vivo. Desde esta propuesta nos deberíamos proponer, y llevar adelante, un menor consumo de materiales  y energía, generar una menor huella de carbono, y con un consumo que aunque más sobrio, implique mejorar nuestra calidad de vida. En ambos casos se requiere de la participación abierta de los ciudadanos, así como de la recreación de condiciones de gobernabilidad que incluya la discusiones sobre las políticas públicas y de condiciones para su monitoreo. En este sentido, los proyectos llevados a cabo por el estado y las empresas podrían  ser prohibidos, no llevarse a cabo, dado su impacto ambiental, ser aceptables dada su aprobación social  y su viabilidad económica y “discutibles” cuando sean económicamente viables pero socialmente controvertidos dado su efecto socioambiental.


Siguiendo con el análisis del cambio climático, sus causas y consecuencias, deberemos atender a dos elementos sustanciales como satisfacer nuestras necesidades reales, incluso ampliarlas, respetando a la naturaleza, seres humanos incluidos. En efecto, tenemos necesidades naturales propias de los seres vivos como tomar agua, alimentarnos, poseer una vivienda, protegernos de las inclemencias del clima, así como otras que fuimos recreando en cada cultura y territorio; las necesidades de dar y recibir afecto, de ser gregarios, de organizarnos, de participar, de ser escuchados, de ser libres acordando con otros,  de ser creativos.

El problema no es el no satisfacer las necesidades, sino de cómo lo hacemos, en la relación con la naturaleza, y con quien lo hacemos en nuestra relación con otros seres vivos, incluyendo a seres microscópicos de los cuales dependemos, tal el caso de las bacterias del suelo o aquellas que co-habitan en nuestro cuerpo y nos posibilitan procesar de manera adecuada nuestros alimentos.  Ser creativos, recrear, ir más allá de lo evidente, desde la información y la imaginación  tal como propone la permacultura, deben ser las premisas que guíen un nuevo relacionamiento en y con el ambiente.

Es posible alcanzar un nivel de vida adecuada para todos, sin opulencia ni desperdicios, respetando los derechos intrínsecos de la naturaleza, derechos que al no ser respetados, limitan la consecución de nuestros propios derechos como el de la soberanía alimentaria y el de acceder a hábitat sanos y trabajos dignos. Ese nivel de vida adecuado deberá ser discutido  ya que implica, como lo dijimos, deseos y aspiraciones propias de cada cultura y territorio que no deberían, en principio, colisionar con aquellos que surjan de  otras culturas y situaciones. El “buen Vivir” deber ser individual y colectivo al mismo tiempo, implicando diversas cosmovisiones y perspectivas.

Así como la contaminación de bienes debe invitarnos a reflexionar, la pobreza debe enervarnos, llamar a actuar,  dado que no solo implica una injustica sino que sometemos a comunidades enteras a alimentarse de comestibles contaminados, a vivir en las peores condiciones, por ejemplo cerca de los basurales, así como a trabajar en empleos en los cuales se convive con sustancias tóxicas.

Vivimos en un planeta abierto, finito y frágil. Las actividades económicas que desarrollamos, sin un adecuado control social,  nos han llevado a una situación extrema. El consumo desigual, superfluo, ostentoso de bienes naturales y producidos según esquemas egoístas deberá dar paso a otras situaciones donde seamos capaces de convertirnos en ciudadanos solidarios, críticos y partícipes, aunque cueste y no lleguemos a ver sus consecuencias positivas. Allí está el secreto de la reciprocidad: dar sin esperar recibir…

[1]Gudynas, E. 2011, Caminos para las posiciones post extractivas. en transiciones, post extractivistas y alternativas extractivismo en el Perú. Alejandra Alaysa y Eduardo Gudynas editores RedGE y CEPES Lima , Perú

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