Nuestra civilización se halla en una crisis socioambiental sin precedentes, que pone en riesgo la supervivencia humana o, cuando menos, pone en duda la continuidad de los estilos y modos de vida actuales.
Dentro de las iniciativas a nivel mundial se hallan los objetivos del desarrollo sostenible, que planteados por las Naciones Unidas, y de manera integrada, se proponen actuar sobre determinadas problemáticas como el cambio climático, la pobreza y la degradación ambiental. La crisis ambiental que nos involucra, ya que somos parte indisoluble del ambiente, implica no solo reflexionar sobre el vínculo establecido sino desarrollar estrategias y prácticas que posibiliten satisfacer nuestras necesidades de manera sustentable, con equidad intra e intergeneracional, con ética y atendiendo a los cambios globales, por ejemplo el cambio y variabilidad climática.
¿Por qué decimos de «manera sustentable»? Podemos definir sustentabilidad de muchas maneras, haciendo hincapié en las dimensiones sociales o en las ambientales, en el presente y en futuro. Es posible afirmar que una práctica, una estrategia, un sistema productivo es sustentable cuando en sí mismo recrea las condiciones de su existencia, es decir, genera las circunstancias que le posibiliten dar continuidad sin aportes, o en dimensiones pequeñas, de energía, fertilizantes, plaguicidas, etc. De allí se diferencia de los planteos sostenibles, que requieren aportes continuos de energía externa.
¿Por qué con equidad intra e intergeneracional? Las necesidades humanas, más allá de que puedan aparecen algunas propias de la cultura, son universales e inherentes a nuestra condición de seres humanos, y debemos buscar el modo de que todos podamos satisfacerlas, dentro de la cultura y territorio en el cual vivimos. En la actualidad, una proporción elevada de los seres humanos no alcanzamos a satisfacer, por ejemplo, las necesidades alimentarias[1] o el acceso al agua potable y a condiciones adecuadas respecto al acceso a la salud. No sólo los bienes se distribuyen de manera no equitativa, sino también la exposición a fuentes o territorios contaminados. Las personas y comunidades más pobres viven en los territorios más contaminados, se exponen a sustancias contaminantes en el desarrollo de sus tareas laborales, o de reciclaje, y además consumen agua y alimentos no aptos para sustentar condiciones adecuadas de salud.
Según la OMS, hasta el 24% de la carga de morbilidad mundial se debe a la exposición a riesgos ambientales evitables. Casi un tercio de la carga de mortalidad y morbilidad en las regiones menos adelantadas se debe a causas ambientales. Más del 40% de las defunciones por malaria y, según las estimaciones, el 94% de las defunciones por enfermedades diarreicas – dos de las principales causas de mortalidad infantil – podrían evitarse mejorando la gestión del medio ambiente. Entre las medidas que podrían adoptarse ya mismo para reducir esta carga de morbilidad debida a riesgos ambientales, figuran las encaminadas a promover un almacenamiento seguro del agua doméstica y la adopción de prácticas de higiene más adecuadas; el uso de combustibles menos contaminantes y más seguros; el aumento de la seguridad de las construcciones; la utilización y gestión más prudente de sustancias tóxicas tanto en el hogar como en el lugar de trabajo, y una mejor ordenación de los recursos hídricos.(OMS, 2016)[2].
Ante esta realidad, el panorama económico, ambiental, social y político en el cual se desarrollan las actividades agrarias en la Argentina se presenta dinámico y complejo. La crisis climática, la presión impositiva, el alza en los precios de los insumos agrícolas, la constante elevación del precio de los alimentos va moldeando la posición y opinión de los actores participantes del campo de acciones de la producción, distribución y consumo de productos agrícolas; los consumidores, las empresas proveedoras de insumos, los productores, el estado nacional y los provinciales. Cada uno según su posición y dotación de capital tomará sus estrategias para alcanzar sus objetivos. Las empresas transformacionales, y las asociaciones que las agrupan, junto con las instituciones oficiales son los actores que más han actuado para permitir la investigación, transferencia y adopción de los cultivos transgénicos, y los plaguicidas, mostrándolos como eficaces, seguros y sin impacto ambiental y en la salud de los seres humanos.
Por su parte los productores, especialmente los empresarios, seguramente apostarán a incorporar nuevos cultivos transgénicos con la renovada esperanza de que esta vez sí se reduzca la necesidad de aplicar plaguicidas, se incrementen los rindes y con ello sus beneficios económicos. Expectativa que los hechos de la realidad muestran incumplidos. Está probado que la adopción de cultivos transgénicos y el uso de las mismas formulaciones de plaguicidas genera tolerancia y resistencia en las plantas silvestres y a los insectos. En este caso, basta que unos pocos organismos a partir de su constitución genética “resistan” para pasar estas características a la descendencia. En este marco los productores aplican mayores dosis de plaguicidas, usan productos altamente tóxicos o incrementan las aplicaciones, a la vez de demandar nuevos OGM. Así se refuerza el ciclo con dependencia e impacto ambiental. Lamentablemente no se piensa en modificar estrategias para esas prácticas agrícolas.
En este contexto se requiere cambiar de camino, no se pueden obtener resultados diferentes aplicando los mismos métodos. Se debe planificar a largo plazo la utilización y preservación de los bienes naturales y en las actividades agrarias conceptualizar, diseñar y llevar a la práctica agroecosistemas. En la cual se integren subsistemas, se recicle la energía, se minimice la utilización de insumos externos al predio y no se contamine el ambiente. En este sistema se debe priorizar la inclusión e integración de organismos diversos, incluso las plantas silvestres, y una adecuada nutrición de los suelos.
Condiciones de utilización, producción , consumo y “descarte” de bienes y productos de manera ética, integral y a escala humana sólo podrán lograrse con una mayor sensibilización, inclusión en la naturaleza, mayor involucramiento de los ciudadanos y sobremanera con menos avaricia humana. Además se requieren adecuadas políticas nacionales y acuerdos internacionales en los cuales los países más ricos, con más recursos, con mejores tecnologías no sólo puedan “ayudar” a los países empobrecidos, no pobres sino empobrecidos, sino además generar mejores condiciones de intercambio.
La pobreza extrema, las enfermedades que alcanzan a los niños, el hambre, el sojuzgamiento de las mujeres son modos de acción, y resultados de las políticas y planes nacionales e internaciones, donde los bienes naturales se han convertido en recursos y los seres humanos en meros instrumentos para alcanzar y acumular riquezas.
La agroecología, no ya como modo de producción, sino como paradigma civilizatorio se presenta como un modo de reencontrarnos entre los seres humanos, con los bienes naturales y el mismo cosmos para ser más libres, producir de manera sustentable y legar un futuro promisorio a las generaciones futuras.
[1] Según la FAO , 821 millones de personas padecen hambre en el mundo http://www.fao.org/news/story/es/item/1152167/icode
[2] https://www.who.int/mediacentre/news/releases/2006/pr32/es
