Alguien que lea un poco puede buscar herramientas para expresarse en las páginas de cualquier clásico. Hay un universo de seres humanos que anotaron, caligrafiaron o mecanografiaron el producto de su imaginación con las mejores palabras disponibles, las más claras y precisas.
No parece ser el caso dominante en una época en que se apela a lo que queda a mano (en general expresiones sucias, contaminadas, lugares comunes, insultos) para completar la comunicación y el intercambio de ideas.
Desde los medios del propio espacio, es más fácil enarbolar falos, mencionar agujeros, sodomías, sonidos carcelarios y de marginados, antes que cualquier concepto más complicado que un 2 más 2.
Por supuesto, generaciones que nadan entre las palabrotas, descalificaciones sin medida de las consecuencias, escupitajos al voleo… cargan sus cartucheras y bolsas de trabajo con esas reglas y escuadras para medir la realidad. Así no hay diferencia entre un aula de secundario y la tribuna de fútbol.
Desde los liderazgos político institucionales más altos se apela a metáforas llenas de excremento, humillaciones y ofensas hacia cualquiera que cuestione o dude de sus pretendidas genialidades.
Los términos que uno usa, expresan la forma en que uno piensa. Incluso cuando se utilizan como proyectiles, manifiestan la calidad del arsenal.
Y no es que se reniegue del momento que le toca vivir y el mar en que debe navegar. Es que haber ejercido el oficio de comunicar de la mejor manera posible el conocimiento que logramos reconstruir en relatos comprensibles para pensar el pasado, te dota de sentido crítico y eso es necesario para buscar la mejor manera de decir algo, con sentido y objeto.
Incluso en los medios o redes, es posible dibujar una idea, mostrar una relación que no vimos en otro lugar o que intuimos en los fenómenos sociales, por dar algún ejemplo. Y eso requiere del esfuerzo de hacerlo de manera sencilla, cristalina y concisa. Ni perder el tiempo ni confundir al receptor.
Por eso, ese ruido sin otro sentido que escandalizar (como un niño que nunca oyó o expresó ante otros una palabrota), habla más de la pobreza mental del emisor, que del discurso en sí.
Cada vez que oigas a un/a comunicador/a social, políticx o a un vecino común hablar con ofensas gratuitas, injurias o groserías, podés hacer un ejercicio de medición de su capacidad para pensar y decir. O descartarlo como alguien que no aportará nada útil, sano o bueno a tu conciencia.
Quizás sea una tarea fútil y fracasada de antemano pretender resaltar lo evidente: una sociedad rota por sus dueños, hablará como ellos quieren: de modo confuso, perdiendo complejidad, arte, poesía y destino.
Alguien alzará la botella del mar. No hay mejor destino para alguien que piensa desde y para su pueblo.

Me gustan estas apreciaciones, pero valoro mucho la base científica de lo que se dice o escribe. Si además de base científica está bien escrito (difícil de encontrar en estos tiempos donde los ignorantes dominan), ¡Aleluya!