Las semillas, y por extensión a otros órganos reproductivos; raíces (batata), tallos (papa), Yemas (ajo),  constituyen la base inicial del sistema en la interface de la provisión de insumos y la producción propiamente dicha.

Además de las restricciones a la tenencia e intercambio que puede implicar el cambio en la ley de semillas, existen otros procesos que influyen en pérdida del control sobre las simientes, y con ello en la soberanía alimentaria, tecnológica y energética. Entre ellos hallamos; la erosión genética entendida como la pérdida de especies y variedades de plantas que no se cultivan o consumen, junto a  la apropiación por parte de las empresas de las variedades de cultivo, lo cual supone no solo su encarecimiento monetario sino además se reducen las variedades ofrecidas, acrecentando el proceso anteriormente descripto.  En efecto, y dado que las empresas semilleras solo producen, y reproducen, las semillas que darán plantas acordes con los requerimientos de los distintos actores de la fase de comercialización y consumo,  se restringen las opciones para lograr una alimentación saludable, diversa y nutritiva.    

 Productores, comercializadores y consumidores nos encontramos  influenciados por modificaciones en la comercialización y en las pautas culturales de alimentación. Se han dejado los valores nutricionales, y los gustos personales como los olores, sabores y colores diversos,  para dar paso a valores estéticos expresados, por ejemplo, en el tamaño en las frutas, el incremento de su “conservación y estabilidad” en las góndolas de los supermercados, la facilidad de sacar las cáscaras en las papas, o las modificaciones en los tamaños, como en los zapallos, para almacenarlos mejor en la heladera.

Claramente estamos perdiendo soberanía alimentaria entendida como el derecho de pueblos y comunidades de decidir cómo recolectar, producir, procesar, almacenar  y compartir nuestros alimentos de manera saludable y continua en el tiempo. Pero a su vez estamos perdiendo soberanía tecnológica.

Aunque para muchos de nosotros las semillas, como parte de nuestra identidad cultural, son mucho más que una tecnología podemos considerarlas, según los casos,  como una “exo  o “endotecnología”. 

Se puede considerar a las tecnologías como el modo en que los seres humanos realizamos procesos, por ejemplo la producción de alimentos. Las mismas pueden originarse o recrearse en las mismas unidades productivas (nuestras propias huertas) o en los predios de las empresas productivas. En estos ámbitos, y como parte de los procesos descriptos anteriormente, las variables a tener en cuenta son diferentes. Mientras que aquellos que producimos nuestras propias semillas (endotecnologías) tenemos en cuenta la diversidad de plantas, la tolerancia a enfermedades, la adaptación al clima, las empresas hacen hincapié en la inclusión de semillas, como exotecnologías,  en los paquetes tecnológicos y en la productividad por unidad de área.  Las exotecnologías recrean dependencia económica y tecnológica, en este caso las semillas al no estar adaptadas al clima, suelo y  manejo de los productores requieren de la aplicación de un “paquete tecnológico”,  basado en fertilizantes y plaguicidas,  tal que le posibilite expresar  su potencial genético.

A su vez, los procesos descriptos inciden sobre la soberanía energética, entendida como el derecho de los pueblos y comunidades a decidir de manera independiente sobre la obtención, control, almacenamiento, distribución y consumo de cualquier fuente de energía, obtenida del petróleo, del sol, de la biomasa vegetal, del viento  o hidroeléctrica.

En los últimos años, los sistemas agroalimentarios se han hecho dependientes de otros tipos de energía diferentes a la solar, la base del sistema dado que dicha energía posibilita la producción de alimentos en las plantas a partir de la fotosíntesis. La producción agraria actualmente depende de los plásticos ya para la confección de invernáculos, cubiertas del suelo (Mulching), cañerías de riego y envases de plaguicidas, los cuales requieren energía, petróleo, ya en sus procesos de producción como en el descarte (traslado a vertederos o centros de incineración). Por su parte, dada la simplificación de los sistemas productivos (monocultivos) se requiere tanto de la aplicación de fertilizantes derivados del petróleo y de plaguicidas obtenidos a partir de síntesis químicas. Por último, se demandan cada vez más materiales plásticos para la conservación, almacenamiento y el trasporte de los productos obtenidos.

¿Cómo se relaciona la soberanía energética con las semillas? En primer lugar, las semillas criollas se hallan adaptadas al clima y  suelo de cada territorio, con lo cual se pueden recrear agroecosistemas sustentables e independientes del aporte de energía e insumos externos. Pero a su vez, las semillas nativas y criollas producen gran cantidad de raíces, tallos, hojas que recrean un sistema propio en el suelo que posibilita la vida de millones de bacterias, hongos e insectos que al trasformar la  materia orgánica mejoran sus caracterices físicas, químicas y biólogas. En la actualidad los sistemas agrarios son deficitarios en energía, es decir es mayor la cantidad de energía que se aporta en insumos y en el laboreo del suelo, que aquella que se haya acumulada en los productos que obtenemos (raíces, semillas, tallos) para nuestra alimentación

Después de analizar el funcionamiento de los agroecosistemas,  nos queda clara la necesidad de luchar por continuar conservando, produciendo  e intercambiando semillas con autonomía, diversidad  y libertad. Podemos hacerlo mediante acciones políticas; la presentación de leyes, las marchas, los conversatorios,  pero a su vez debemos continuar con los desarrollos técnico/políticos implícitos en los procesos autoproducción e intercambio de semillas a nivel local. Procesos colectivos que se inician en nuestras casas, baldíos, huertas comunitarias con la selección, cuidado y cosecha de semillas, no solo para volver a utilizarlas sino cambiarlas/entregarlas  a partir de la reciprocidad, el amor y la amistad.  Las casas de semillas, las canastas viajeras y las ferias locales y regionales son una muestra de ello.

Producir nuestras semillas nos da soberanía alimentaria, energética y tecnológica, nos brinda autonomía, libertad y nos permite participar de procesos sociales y culturales alimentarios más amplios. 

Obtenemos  a las semillas de manera gratuita, las cuales no poseen precio, pero sí alto valor intrínseco derivado de nuestro  trabajo, la  co-construcción de conocimientos y su propia utilidad. Las tenemos cuando las necesitamos, respetando los ritmos, procesos y flujos naturales y sobremanera, a partir de la diversidad de colores, olores y sabores, posibilitando la construcción de un gusto culinario y productivo propio en cada territorio y cultura.

Todas las imágenes son de la huerta orgánica propia del autor de este artículo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *