Jamoncito admitió lo evidente: la inflación “es un número horrible”. Sin embargo, lejos de asumir el costo político de un programa económico que no cumple sus promesas centrales, eligió refugiarse en una narrativa tan grandilocuente como endeble: un presunto “saboteo enorme” orquestado por “empresaurios, medios, políticos y opinadores”. Una conspiración tan amplia que, en la práctica, termina siendo funcional para diluir responsabilidades propias.

Pero mientras el discurso se recuesta en enemigos difusos, los indicadores concretos avanzan en una dirección mucho más clara y preocupante. El consumo masivo cayó un 5,1% interanual en marzo y acumula tres meses consecutivos en retroceso. No se trata de un dato aislado, sino del síntoma más visible de una economía asfixiada, donde el ajuste golpea directamente sobre el poder de compra de las mayorías.

En paralelo, el termómetro del mundo productivo refleja un deterioro igual de contundente. Casi la mitad de las pymes evalúa reducir personal en los próximos seis meses. No es un dato menor ni una especulación alarmista: es el nivel más alto de pesimismo en años. Lo que antes era expectativa de crecimiento hoy se transforma en repliegue defensivo, ajuste interno y supervivencia. Traducido sin eufemismos: menos empleo, menos actividad, menos futuro.

La industria, históricamente uno de los motores del trabajo registrado, se consolida como el epicentro del derrumbe. Desde la asunción del actual gobierno, se perdieron casi 80 mil puestos de trabajo en el sector. No es una cifra fría: es una señal inequívoca de un modelo que desarma entramados productivos sin ofrecer reemplazos viables. La “libertad” prometida se parece cada vez más a una intemperie económica donde el que cae, queda solo.

El deterioro también se filtra en la vida cotidiana de millones. La mora en los créditos de consumo, incluidos los otorgados por plataformas digitales como es el caso de Mercado Libre, se disparó hasta niveles alarmantes. El salto del 1,8% al 8,7% en poco más de un año no es una anomalía técnica: es el reflejo de hogares que ya no llegan a fin de mes y que utilizan el crédito no para proyectar, sino para tapar agujeros. Endeudarse dejó de ser una herramienta y pasó a ser una señal de emergencia.

En ese contexto, la explicación oficial suena menos a diagnóstico y más a coartada. Porque cuando todo es culpa de todos, en realidad no es culpa de nadie. Y ese es, quizás, el núcleo más inquietante del momento: un gobierno que reconoce los efectos devastadores de la situación económica, pero que se resiste sistemáticamente a revisar las causas de sus propias decisiones.

Lo que queda es un escenario cada vez más áspero: consumo en caída, empleo en retroceso, empresas en retirada y familias al límite. Un cóctel que no necesita conspiraciones para explicarse, sino políticas concretas para revertirse.

Mientras tanto, el “número horrible” deja de ser una frase y se convierte en experiencia cotidiana. Y esa, a diferencia del relato, no admite demasiadas reinterpretaciones.

Una vez más, la pregunta que subyace a todo este escenario es la misma que unos pocos nos preguntamos desde hace más de dos años: ¿Hasta cuándo?

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