La política suele ofrecer escenas de una crueldad singular. Pocas, sin embargo, tan reveladoras como la de un ex jefe de bloque oficialista parado frente a sus antiguos compañeros, no para defenderlos, sino para exigir explicaciones. Eso ocurrió en Morón durante la sesión que aprobó por amplia mayoría la interpelación al intendente Lucas Ghi, en el marco del escándalo que rodea a la ex funcionaria municipal Luna Ortigoza, hoy prófuga de la Justicia.

Quien tomó la palabra fue Diego Spina. Y no habló como un opositor tradicional. Habló como alguien que conoce los pasillos, las internas, los nombres y los silencios de un gobierno del que formó parte hasta hace apenas seis meses. Por eso sus palabras resonaron más como una acusación interna que como una crítica externa.

“Lejos de prejuzgar estamos, queremos saber la verdad”, aclaró. Pero lo que siguió fue una demolición política sin anestesia.

El concejal sostuvo que existe un doble estándar dentro del gobierno municipal a la hora de afrontar escándalos y responsabilidades. Según planteó, mientras algunas funcionarias fueron rápidamente expuestas públicamente, otros funcionarios habrían recibido un trato considerablemente más benigno.

“No hay ninguna duda de que con Luna Ortigoza o con Cufré no se actuó con la misma firmeza que cuando los corruptos eran varones”, disparó.

La intervención fue subiendo de temperatura hasta convertirse en un cuestionamiento integral a la gestión política del área de Género del Municipio. Allí apuntó directamente contra la actual secretaria de Mujeres, Género y Diversidad, Laura De Peri, a quien calificó sin rodeos como “una funcionaria corrupta”.  “Ella trajo a la funcionaria que está prófuga. Queremos saber cuál es el nexo entre ambas”, sentenció, vinculando políticamente a la actual funcionaria con el nombramiento de Ortigoza.

La gravedad de la denuncia política radica en que Spina no habló de errores administrativos ni de diferencias de criterio. Habló de impunidad. Habló de protección. Habló de decisiones deliberadas. Y si aún faltaba alguna brisa para terminar de encender las llamaradas, luego de esta intervención ya no quedó margen para duda alguna.

Incluso sostuvo que el desplazamiento de profesionales que trabajaban en políticas de género durante etapas anteriores de la gestión tuvo como consecuencia la llegada de funcionarios que, según su visión, terminaron debilitando el área.

Pero si hubo una frase destinada a dejar cicatrices dentro del oficialismo fue la que utilizó para describir el actual mapa político del gobierno local: “Este gobierno está lleno de traidores”, afirmó. Y remató con una ironía cargada de simbolismo político: “Si hasta Lucas Ghi era de Nuevo Encuentro”.

La referencia no fue casual. En momentos donde sectores del oficialismo intentan atribuir el escándalo a operaciones políticas o disputas partidarias, Spina buscó desmontar esa defensa recordando que buena parte de quienes hoy gobiernan provienen del mismo espacio político que dicen combatir.

“No me vengan a hablar de operaciones. No le tenemos miedo a nada nosotros. Tenemos la conciencia muy tranquila”, sostuvo.

La sesión dejó una conclusión difícil de ignorar: la crisis ya no puede ser presentada como un ataque externo. La fractura atraviesa al propio oficialismo. Y cuando las acusaciones más duras provienen de quienes hasta ayer compartían despacho, estrategia y votos, el problema deja de ser comunicacional para convertirse en político.

La semana próxima, cuando se concrete la interpelación aprobada por el Concejo Deliberante, Lucas Ghi enfrentará algo más complejo que las preguntas de la oposición. Deberá responder ante una crisis que ya perforó –hace rato, digamos todo- las paredes de su propia coalición.

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