El esclavo no es dueño de nada, tampoco de sus decisiones. No es libre quien se cree libre, sino aquel que arriba a la autoconsciencia, en un proceso de liberación. Por eso los momentos críticos son dramáticos: o se reinventa el pueblo o perece.

Decía Fidel: cuando el pueblo crea en sí mismo, se hará la revolución. En ese proceso de maduración histórica y política es que nace, de las entrañas mismas del pueblo, el líder. Por eso no es nunca primero el líder sino el proceso de organización molecular que ya presenciamos con los “autoconvocados”, el 2019, cuando vencimos al golpe fascista y recuperamos la democracia. Primero es la constitución del pueblo como “pueblo en tanto que pueblo”. El líder es el plus que se produce una vez que “el pueblo en tanto que pueblo” alcanza el óptimo crítico de horizonte utópico: cuando le nutre, como anticipación, en el presente, la cosecha de su propia semilla.

Estamos ante una novedad nunca antes pensada y, por eso, no tematizada en la reflexión estratégica. Zavaleta siempre decía: no es que en Bolivia haya mucha política, sino Bolivia es la política; lo que en otros lados sucede de modo superficial, en Bolivia sucede de modo esencial. Nuestro país no es sólo laboratorio de nuevas formas de infiltración estratégica de consolidación del poder imperial, sino también es laboratorio de nuevos métodos de lucha, resistencia y transformación revolucionaria.

En la actual transición civilizatoria tiene más sentido el hecho de que resistir significa existir. El mundo mismo está atravesando esa experiencia: la lucha se ha hecho decididamente existencial. De ese tamaño es la envergadura del método crítico del principio esperanza: crear un mundo para todos es un parto que se fecunda en las entrañas mismas de una revolución.

Por eso la revolución no trata de otro ciclo, sino de una nueva historia, de otro tiempo, donde los excluidos ya no luchan por una inclusión excluyente sino por una transformación del mundo y de la vida. Esa es la apuesta que separa, sin medias tintas, lo verdaderamente humano de lo meramente funcional a la totalidad ontológica del orden vigente. Por eso luchar por los excluidos, negados y oprimidos, por la humanidad del otro (que es la pesadilla del ego liberal, autocentrado), es lo que nos devuelve la humanidad perdida, es la forma más humana y hermosa de existir.

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