Mientras la atención colectiva se reparte entre el Mundial de Clubes, las controversias de ocasión y las disputas que alimentan el ciclo inagotable de las redes sociales, persiste una pregunta mucho más profunda y menos visible: ¿qué está cambiando realmente en la vida cotidiana de los argentinos?

Porque una cosa son los indicadores y otra muy distinta es la experiencia concreta de quienes llegan a fin de mes. Una cosa es la lectura que hacen los mercados y otra la percepción de millones de familias que todavía no encuentran en sus ingresos una mejora que les permita mirar el futuro con mayor tranquilidad.

No se trata de negar datos ni de desconocer procesos económicos que pueden estar produciéndose. Se trata de recordar algo elemental: la economía adquiere sentido cuando logra reflejarse en la mesa familiar, en el consumo, en el trabajo y en las expectativas de la gente común. Y para una porción importante de la sociedad, esa sensación de recuperación aún no termina de llegar. Y como ya lo escribí semanas atrás: De acuerdo a los lineamientos ideológicos gubernamentales, esa “redención social” seguramente jamás llegue. Simplemente porque la mejora integral de la condición de vida de los sectores populares no forma parte del ideario de la ultraderecha continental en pleno auge.

Del otro lado del escenario político tampoco abundan las certezas. El peronismo continúa inmerso en sus discusiones internas, más preocupado por resolver liderazgos y posicionamientos que por reconstruir una propuesta capaz de recuperar la confianza de quienes se alejaron de la política o dejaron de sentirse representados.

La fragmentación parece haberse convertido en un estado permanente. Y la capacidad de construir síntesis, una de las herramientas históricas de los grandes movimientos políticos, aparece cada vez más debilitada.

Mientras tanto, el oficialismo enfrenta sus propias tensiones. Llegó al poder prometiendo una ruptura con las prácticas de la vieja política y hoy debe responder preguntas que inevitablemente remiten a aquellos comportamientos que decía venir a desterrar. Situaciones patrimoniales bajo observación, explicaciones que no siempre alcanzan y episodios que alimentan dudas en una parte de la opinión pública.

El problema no es solamente la existencia de esas controversias. El problema es que el discurso oficial se sostiene, en gran medida, sobre la idea de una superioridad ética respecto de quienes gobernaron antes. Y cuando una fuerza política construye su identidad sobre esa premisa, cualquier contradicción adquiere una dimensión mayor.

Pero quizás uno de los rasgos más llamativos de estos días haya sido la velocidad con la que ciertas polémicas mediáticas -incluida la falsa información que circuló sobre la salud del padre de Lionel Messi- lograron desplazar discusiones bastante más relevantes para la vida cotidiana de los argentinos.

La escena vuelve a poner sobre la mesa un fenómeno que atraviesa a todo el sistema informativo. La crisis de credibilidad no pertenece exclusivamente a los nuevos formatos ni tampoco a los medios tradicionales. Es una característica de una época donde muchas veces la urgencia por publicar supera a la necesidad de verificar.

La tecnología aceleró los tiempos, pero no inventó los problemas. Las operaciones, las lecturas interesadas y las construcciones parciales de la realidad existían mucho antes de las plataformas digitales. Lo que cambió fue la velocidad con la que circulan y la facilidad con la que quedan expuestas.

Por eso conviene desconfiar de quienes intentan presentarse como propietarios exclusivos de la verdad o custodios de una pureza profesional que nunca fue absoluta. El periodismo, como cualquier actividad humana, está atravesado por miradas, intereses, experiencias y convicciones.

La honestidad no consiste en fingir neutralidades imposibles sino en actuar con rigor intelectual y transparencia frente a la audiencia.

Similar lógica que bien podría aplicarse a la política.

La Argentina tiene una larga tradición de dirigentes que construyen discursos impecables para señalar las contradicciones ajenas, mientras encuentran siempre argumentos para justificar las propias. Cambian los nombres, cambian los espacios políticos y cambian los contextos, pero el mecanismo suele repetirse con una persistencia notable. Sin embargo, debajo de todo ese ruido hay algo que permanece.

Existe una porción importante de la sociedad que observa, compara y saca sus propias conclusiones. Ciudadanos que ya no aceptan automáticamente los relatos oficiales, pero tampoco compran sin cuestionamientos las narrativas opositoras o mediáticas.

Tal vez allí resida una de las pocas noticias alentadoras de este tiempo.

En una época saturada de consignas, fanatismos y simplificaciones, la desconfianza razonable puede convertirse en una saludable forma de inteligencia colectiva. Una reserva de sentido común que, pese a todo, sigue resistiendo entre el ruido.

Y fronteras afuera…

Vaya que la vara estará baja, que mientras nos aferramos a ese último dique de contención que es la salvaguarda del sentido común, América toda tiende a pintarse de remozadas versiones de las camisas negras. Y así como las derechas en otros tiempos, sutilmente o por diplomacia o por negociados escapes, posteriormente retrocedía, los neofascismos de nuestro tiempo no lo hacen. Por mil razones diferentes. Pero no entran en sus “chips” la idea de desandar los campos arrasados que dejan, cuales Atilas de la era de la inteligencia artificial apuntalados por los Estados Unidos, tras sus devastadores períodos institucionales.

Y así como en medio de acuerdos de paz teñidos de sangre inocente, Netanyahu y toda su pandilla rechazan todo camino de la diplomacia y prosiguen con sus masacres de inocultable tinte de genocidio étnico, en nuestra América se suceden elecciones plagadas de sospechas pero con un único factor común: Los triunfos a como dé lugar de dirigentes embanderados en la ultra derecha continental. Uno tras otro, para seguir tiñendo al continente con el color y el tufo a la ultra informatizada versión de “nuestras” camisas pardas con libre uso de streaming.

Mientras un daño integral de esa magnitud ya muestra capacidad de instalación continental, y acá todos los actores democráticos que se ubican –o juegan a mostrarse así- poquito, poco o bastante a la izquierda de la ultraderecha gobernante, dilatan al infinito sus reordenamientos y construcciones, y en la práctica son una máquina de “darle tiempo” para que Jamoncito y su amplísimo séquito de jefes mayores y menores hagan lo que les plazca con el presente y un prolongado futuro de lo que va quedando de algo que todavía nos empecinamos en llamar “país”… el tiempo no para. Y la destrucción es cada vez más implacable. Discursos y promesas aparte. Que hace rato no se revelan más que como parole, parole.

Y lo diré de una vez: Cuando la “interna” se vuelve visceral y la disputa ya es pública y abiertamente orientada a esmerilar al otro sin contemplar ninguna potencial consecuencia, entonces la única resolución racional posible es que dicho camino finalice con unos por un lado, otros por el otro, y que se caigan todas las caretas, pase lo que pase.

Quizás sólo después de una necesaria depuración en el marco de un cambio de época también hacia el interior del denominado campo nacional, política y filosóficamente hablando, llegue el tiempo de mejores horizontes que acarreen el retorno del entusiasmo entre las grandes masas populares. Lástima que, estructuralmente hablando, pudiera ser que ello ¡Al fin! Suceda… sólo que demasiado tarde.

Lo siento, General don José, pero entre internas insidiosas y ya oscuramente-alevosas en sus intencionalidades, y un maremágnum de desregulaciones a escala nacional integral, sin resistencia potente aún a la vista mientras, como señalé arriba, el tiempo no para, atravesamos este perpetuo presente sabiéndonos, al fin, miembros indefensos del paquete de empanadas que SI se pueden devorar con, al menos, relativa facilidad.

Para todo lo demás, al poder le basta con un largo y simpático mes de prolijo empaquetamiento global revestido de patrioterismos de bajísima intensidad, mientras dure la televisación del más corrompido mundial de fútbol de la historia.

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