Las tecnologías, entendidas como el modo los seres humanos hacemos las cosas o las técnicas relacionadas con los conocimientos, nos acompañan desde que comenzamos a peregrinar en la tierra. Somos los seres humanos quienes las ideamos, construimos, probamos, adaptamos, compartimos y las adoptamos con ciertos objetivos y fines.

Es así que, desde el primer bastón de madera que nos sirvió para sacar tubérculos del suelo o las bolsas para transportarlos, hasta la tan mentada inteligencia artificial, nos hemos impresionado con la naturaleza y los fenómenos que ella contiene. Primero buscamos entenderla y adaptarnos, para luego “dominarla” desde la comprensión de sus procesos inherentes, en especial los biológicos y meteorológicos.

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Dominamos el fuego, construimos casas, cazamos y pescamos, navegamos, llegamos a la agricultura, mejoramos y conservamos semillas, supimos qué plantas nos curaban, hicimos canales de riego, nos comunicamos. Las tecnologías posibilitaron una adaptación a todos los nichos ecológicos, biomas, climas y suelos.

Pero también creamos tecnologías para dominar a otros seres vivos; tecnologías que nos someten; tecnologías que buscaron resolver problemas, pero crearon otros; tecnologías con éxitos parciales a corto plazo, pero que demuestran la necesidad de cambios. Tecnologías que posibilitaron acaparar recursos monetarios, poder.

Así, el Papa León nos advierte: “Es necesario adoptar instrumentos normativos adecuados, capaces de salvaguardar la justicia y de contener los efectos distorsionadores del poder tecnológico. Pero la cuestión no se limita a la regulación. Como advertía el Papa Francisco, debemos preguntarnos con realismo quién detenta hoy ese poder y hacia qué fines lo orienta: ≪No podemos ignorar que la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro propio ADN y otras capacidades que hemos adquirido […] dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para explotarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero”.

Dentro de esta reflexión cabe detenernos primero en la necesidad de crear instrumentos normativos desde la comprensión de quiénes y con qué fines crean y recrean tecnologías.

Si bien todos podemos crear tecnologías, lo hacemos desde nuestros propios saberes en la vida cotidiana, por ejemplo asociando plantas en una huerta. La realidad nos muestra que empresas concentradas, con dominio económico y en el saber científico, son quienes detentan la posibilidad de investigar, crear tecnologías y desde allí intervenir en los procesos de extracción, producción, consumo y descarte de bienes. Interviniendo permanentemente a la naturaleza.

Respecto a los instrumentos normativos, si bien cada territorio, país e incluso a nivel mundial han recreado leyes, disposiciones, acuerdos y tratados que regulan la producción y uso de las tecnologías, por ejemplo el uso de sustancias contaminantes como los plaguicidas, poco se hace para realizar tareas de contralor.

El Papa León también menciona algunas tecnologías que en un principio se presentaron como promisorias, tal como la energía nuclear, que se ha presentado como una tecnología limpia, pero que genera contaminación en todas sus fases.

Además de promover guerras, tal como ocurre hoy entre Israel, Estados Unidos e Irán por el dominio y control de los procesos que posibilitan la construcción de armas.

Una parte de la población, la más poderosa, sigue pensando en la dominación de los territorios, bienes, cuerpos, pensamientos y almas. La otra parte es dominada, a veces sin reconocerlo.

Esta situación también nos hace reflexionar acerca de la supuesta neutralidad de las tecnologías. Estas no son neutras; por el contrario, responden a los intereses propios, económicos o no, de quienes las crean.

En un mundo cada vez más segmentado y cerrado en sí mismo, en el cual cada grupo o sector busca mantener sus ideas e intereses, el Papa nos propone dialogar, escucharnos, para generar ese marco normativo tal que nos posibilite crear, utilizar y mejorar nuestra calidad de vida desde las tecnologías apropiadas.

“Deseamos entrar en diálogo con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con quienes participamos juntos en los acontecimientos, las preguntas y las aspiraciones de la humanidad. [2] Queremos identificar, junto con ellos, nuevos caminos para el bien común y la promoción de una vida digna para todos”.

No esperemos que aquellos que dominan al mundo (empresarios, presidentes, reyes, ministros) construyan caminos, sendas y acciones que nos lleven a construir un mundo en el cual “quepamos todos”, nos reconozcamos todos como merecedores de una vida digna dentro de un planeta sano y agradable para vivir.

Quizás para cada uno de nosotros la dignidad de la vida ocupe y se construya desde visiones y selección de variables diferentes, a partir de la supremacía del tener, el ser y el estar; alimentarnos, alojarnos, estar en un territorio, tener relaciones sociales, morir dignamente.

Esa co-construcción implica repensarnos, oírnos, hablar, comprendernos, criticarnos y evaluar. Nada fácil…

Acerca de quienes alientan y producen las innovaciones, León XIV nos dice: “En el pasado, eran principalmente los estados los que impulsaban y orientaban la innovación. Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente “privado”, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común”.

Así como la economía global, las tecnologías y quienes las producen no poseen un rostro humano, tampoco reconocen las necesidades y problemas de la sociedad. El hambre, las enfermedades y sus consecuencias, las migraciones, son un reflejo de ello.

El poderío económico, y su poder asociado, determinan la posibilidad de tomar decisiones y ejercer acciones, así como obtener ganancias mayores a las de muchos estados independientes, retroalimentando los ciclos de poder.

Esta situación, más que apabullarnos, debería enervarnos, invitar a la discusión, a la reflexión y a la acción.

El Papa León nos alerta: “Si nos limitamos a las circunstancias contingentes, corremos el riesgo de dejar que la sucesión de emergencias decida por nosotros la dirección del camino. Estamos viviendo una rápida fase de transición, un ‘cambio de época’ en el que —mientras algunos se disputan el futuro de las nuevas tecnologías y otros se dedican a reflexionar sobre ellas— la mayoría de las personas permanece a la espera, observa desde lejos y simplemente aguarda a que todo salga bien”.

En esta situación, en un mundo cada vez más concentrado, amenazado por las guerras y el cambio climático, donde las “nuevas” tecnologías energéticas, por ejemplo las basadas en el litio, generan más contaminación y conflictos que aquellas que presumiblemente vienen a reemplazar, se amenaza no solo nuestra calidad de vida sino la continuidad de los seres vivos en el planeta.

La reflexión conjunta es necesaria para conocernos, analizar nuestros recursos, medios e ideas, plantear alianzas y estrategias para promover los cambios necesarios.

Es necesario, pero no suficiente. La acción es primordial; debe ser ya, aunque muchas veces, tal como sabemos respecto al cambio climático, no veremos sus frutos. Pero allí está la dimensión espiritual desde la fraternidad y la visión de trascendencia.

“…Precisamente por eso se imponen en nuestra conciencia preguntas decisivas, que ya no pueden eludirse: ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?”

Esas respuestas las debemos dar entre todos, según cada cultura, sociedad y propias cosmovisiones. Buscando coincidencias, aceptando las disidencias.

Nadie hará las cosas por nosotros. Se hace necesario, fundamentalmente, saber dónde está “nuestro tesoro” para co-construir una hoja de ruta común.

Respecto a las tecnologías, aquellas que llamamos apropiadas nos brindan elementos para trazar caminos, dado que se adaptan no solo al clima y suelo, sino a las propias culturas y ambientes.

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