“Yo quiero morir conmigo, sin confesión y sin Dios / Crucificao en mis penas / Como
abrazao a un rencor / Nada le debo a la vida / Nada le debo al amor / Aquella
me dio amarguras / Y el amor, una traición” (Tango “Como abrazao a un rencor”
1930)

Vayamos al grano: Argentina se discute todos los días en las redes, con mucho más de estéril que de productivo. Por otra parte, subyace una realidad bastante menos sofisticada pero concreta: La de quienes intentan llegar a fin de mes. Entre ambas argentinas existe una distancia cada vez más difícil de disimular.

El Gobierno de Javier Milei ha demostrado una enorme capacidad para imponer temas, cambiar el eje de las discusiones y convertir cada jornada en una nueva batalla política. Cuando una cuestión empieza a resultar incómoda o ya sobrepasa el habitual nivel de impresentabilidad manifiesta, entonces aparece otra. Una declaración, una pelea, una provocación, una bandera, una denuncia o cualquier episodio capaz de ocupar durante algunas horas el centro de la conversación.

El método funciona para administrar la agenda. El problema es que no administra la realidad.

La inflación puede desacelerarse y, sin embargo, el bolsillo seguir deteriorándose. Porque una cosa es que los precios aumenten menos y otra muy distinta es que los ingresos permitan comprar lo mismo. Una familia que reduce consumos, posterga gastos o recurre a la tarjeta para sostener aquello que antes pagaba con su sueldo también contribuye, aunque involuntariamente, a que la demanda pierda fuerza.

Por eso una estadística favorable no alcanza para contar toda la historia: Es cierto y sería obtuso no señalarlo: Hay restaurantes llenos así como también hay numerosos comercios vacíos. Hay sectores que todavía consumen y otros que ya recortaron hasta lo que consideraban habitual. Hay barrios donde ciertas actividades conservan movimiento y otros donde las persianas bajas y los carteles de alquiler forman parte del paisaje.

Y nada de eso implica necesariamente una mera  contradicción. Es desigualdad, lisa y llana. Y muchísimos compatriotas lo avalan de buen grado. Ya no hay ingenuidad. El que apoya es porque aprueba ese estándar de vida para sus semejantes.

Una sociedad puede mantener determinados niveles de consumo mientras una porción creciente de sus habitantes pierde capacidad para sostenerlos. El problema aparece cuando una fotografía parcial pretende convertirse en la película completa.

El oficialismo necesita que la baja de la inflación termine traducida en bienestar percibido. Pero existe otra posibilidad: que una parte de esa desaceleración sea consecuencia de una sociedad que sencillamente compra menos. Nada que no hayamos visto y padecido a lo largo de los años 90, por sólo citar un caso emblemático. Con la posterior resultante ya por todos conocida.

Sería bastante incómodo descubrir que el éxito de la desinflación tiene algo que ver con que cada vez menos gente puede darse el lujo de consumir. ¿O será que… lejos de sentir algún atisbo de inquietud al respecto, es todo parte de lo planificado?

Mientras tanto, la oposición parece empeñada en colaborar con el relato oficial. Algunos de dichos variopintos sectores ya actúan de un modo que es muy difícil no situarlos explícitamente como colaboracionistas tras bambalinas del derrotero oficial. En este orden de situación, el peronismo continúa consumiendo buena parte de sus energías en resolver quién manda, quién acompaña y quién consigue mejores posiciones para la próxima elección. Cristina Fernández de Kirchner, Axel Kicillof, Sergio Massa, los gobernadores y los distintos sectores internos siguen midiendo fuerzas, mientras la discusión sobre las PASO expone una dificultad bastante más profunda: todavía no existe una conducción política capaz de ordenar una estrategia común.

Y probablemente, por cómo viene la cosa, no la haya. O sí, pero tirada con fórceps a la vista del conjunto de la sociedad.

Y cómo olvidar a tantos saltimbanquis que se rasgaron por años sus vestiduras autoproclamándose herederos de Perón, herederos de Evita y de mantantirulirulá, y hoy por aquello de la “realpolitik” que tanto bastardea y mancilla la confianza popular en las dirigencias políticas de nuestra tierra, acuden presurosos a votar junto al más variopinto abanico de derechas y ultras, nombramientos de jueces cuando menos, polémicos. Y sin el menor decoro tolerable –con Juliana Di Tullio a la cabeza- tuvieron la osadía de transferir sus agachadas a supuestas “operaciones” de
periodistas “del palo”. ¡Bravo por las convicciones grouchomarxistas al desnudo! Ellos tienen sus principios, que fundamentalmente se revelan como por arte de magia para las campañas electorales. Y si al poder no le gustan… ¡Todo solucionado! Tienen otros.

Para el Gobierno, semejante escenario es casi un regalo. No necesita demasiado esfuerzo cuando sus adversarios convierten sus propias diferencias en parte del circo. Los rumores completan el paisaje: acuerdos posibles, candidaturas, rupturas, negociaciones y operaciones que recorren los pasillos políticos con una velocidad que sería admirable si las decisiones de Estado circularan con semejante eficacia.

Pero detrás de ese ruido hay cuestiones concretas que merecen respuestas: Por caso, el destino del oro de las reservas nacionales. Desde el Gobierno se afirma que los lingotes están en Suiza, mientras organismos de
control han advertido dificultades para reconstruir documentalmente todos los movimientos y verificar su trazabilidad. No hace falta imaginar una conspiración. Hace falta algo mucho más sencillo: documentación.

¿Dónde está el oro? ¿Cuándo fue trasladado? ¿Quién autorizó la operación? ¿Qué registros permiten comprobarlo?

Si todo está en orden, exhibir los papeles debería cerrar la discusión. Pedir transparencia sobre las reservas de un país no es una operación política: es una obligación elemental de quienes administran bienes que pertenecen a todos.

También merece atención la invitación del ministro de Economía a que los argentinos saquen los dólares del colchón. La propuesta puede discutirse desde el punto de vista económico, pero existe además una cuestión de confianza. Cuando aparecen cuestionamientos sobre el patrimonio de funcionarios radicado fuera del país, resulta bastante curioso pedirle al ciudadano común que abandone su histórica prudencia financiera.

Tener dinero en el exterior no constituye por sí mismo ninguna irregularidad. Pero la confianza también se construye con ejemplos. Y en un país que padeció corralitos, devaluaciones y confiscaciones, pretender que la gente entregue sus dólares simplemente porque un funcionario se lo recomienda requiere algo más que un discurso.

La famosa motosierra también ofrece una particular versión del ajuste. Para algunas áreas nunca hay recursos suficientes. Para otras, la plata aparece. Defensa y equipamiento militar son ejemplos de prioridades que encuentran financiamiento mientras salud, educación, ciencia y distintas necesidades sociales deben escuchar una y otra vez la misma explicación: no hay plata.

La política actual funciona a una velocidad diseñada para impedir la memoria. Un escándalo reemplaza al anterior; una pelea tapa una decisión; una declaración estridente sepulta una noticia importante. Cuando finalmente aparece una pregunta incómoda, ya hay otra polémica esperando ocupar su lugar. Son los tiempos en los que bailamos al compás del algoritmo.

No hace falta convencer a todo el mundo. A veces alcanza con mantener a todos suficientemente entretenidos. Pero hay algo que el algoritmo no puede controlar: la vida cotidiana.

El salario sigue siendo el salario. El alquiler vence. La tarjeta reclama su pago. El comercio necesita vender. La fábrica necesita producir. El trabajador necesita empleo. Y una familia que dejó de comprar no recupera su capacidad de consumo porque el Gobierno haya conseguido instalar otro tema en las redes. Ahí está el verdadero límite del relato.

Gobernar no consiste en ganar cada discusión digital. Consiste en lograr que una sociedad pueda vivir con dignidad, trabajar, consumir, proyectar y pensar en el futuro sin necesitar una calculadora para cada decisión cotidiana.

Y tampoco alcanza con esperar que Milei fracase.  La oposición deberá responder qué pretende hacer si vuelve a gobernar. Presentar con claridad un proyecto (a esta altura de los acontecimientos uno deduciría que deberían tener confeccionado hasta el mínimo detalle de un plan integral de país… si es que realmente se proponen jugar para ganar…) Enumerar errores del oficialismo no constituye un programa, del mismo modo que recordar un pasado ya desmedidamente romantizado no garantiza que alguien quiera regresar a él. Algunos dirán, “sí, un 40% quiere volver a ese pasado”. Y si las matemáticas no me fallan… sabemos que ese numerito mágico es una permanente guía hacia derrotas en serie.

Después de tantos fracasos, la sociedad argentina no necesita solamente una nueva mayoría electoral. Necesita razones para confiar nuevamente. Pero ese es, precisamente, el desafío que todavía no aparece con claridad.

De un lado hay un Gobierno que entendió que controlar la agenda puede ser casi tan importante como gobernar. Del otro, una oposición demasiado ocupada en sus propias disputas y codazos de despachos y alcobas, como para explicar hacia dónde pretende conducir al país.

Y en el medio, para variar, queda la gente. La que compra, trabaja, se endeuda, recorta, espera, cierra un comercio o intenta sostenerlo. La que no vive dentro de X ni cobra en encuestas.

Los relatos pueden ser poderosos. Las redes pueden multiplicarlos. Los cortesanos y alcahuetes pueden aplaudirlos con entusiasmo, de ambos lados del mostrador, porque acá ya está harto claro que nadie orina agua bendita.

Pero la realidad tiene una costumbre insoportable para cualquier gobierno enamorado de su propia propaganda: finalmente aparece. Y cuando aparece, no pregunta quién ganó la discusión en internet. Pregunta cuánto alcanza el sueldo, cuánto cuesta vivir, qué pasó con el trabajo y qué futuro queda.

Después de todo, detrás de cada relato siempre hay una realidad esperando pasar la factura. El riesgo es que la factura llegue esta vez tan cargada, que una buena parte del pueblo comprenda que se las deben cobrar a propios y extraños.

Un comentario en «El relato tiene patas cortas»
  1. Si el relato tiene patas cortas, el bolche que escribe tiene la lengua demasiado larga….
    Siga escribiendo para el 4% que nosotros seguiremos gobernando una década más. VLLC

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