La Argentina que, nos guste o no, sigue liderando Javier Milei, tiene una postal que debería avergonzar a cualquier dirigente político con un mínimo de sensibilidad social: interminables filas de hombres, mujeres, jubilados y familias enteras que esperan cada noche, en plazas y espacios públicos, una vianda de guiso para llevarse algo a la boca. Personas reales, de carne y hueso, para quienes esa ración caliente no es un complemento alimentario ni una ayuda ocasional, sino la única comida del día. Mientras semejante tragedia se repite con una normalidad que debería resultarnos insoportable, buena parte de la dirigencia que aspira a reemplazar al Gobierno continúa atrapada en sus especulaciones electorales y sus disputas por el liderazgo de un espacio que todavía no consigue explicar con claridad para qué quiere volver a gobernar.

Y a ellos, sí, a ellos y sus interminables vicisitudes, también les corresponde su merecida cuota de asco social.

El Gobierno puede exhibir el dólar relativamente quieto, anunciar colchones financieros, prometer una recuperación que siempre parece estar a la vuelta de la esquina y responsabilizar a sus adversarios por cada temor de los mercados. Pero ninguna pirueta discursiva consigue llenar una heladera vacía. La Argentina no es una pantalla de cotizaciones ni una conferencia de prensa de Luis Caputo: es el jubilado que compra menos medicamentos, la trabajadora que estira las últimas monedas hasta el próximo cobro, el comerciante que ve entrar cada vez menos clientes, la familia que recorta alimentos y el pibe que descubre demasiado pronto que la promesa de un futuro mejor puede ser un lujo reservado para otros, y la peor broma de mal gusto para su existencia presente y futura.

La carestía no es una abstracción estadística. Tiene rostros, nombres y consecuencias concretas que la propaganda oficial no consigue disimular. Y probablemente ni siquiera le interese intentarlo.

El deterioro social tampoco ocurre en silencio absoluto.

Hay una marea humana que avanza, se manifiesta, reclama y vuelve a las calles, aunque sus expresiones todavía aparezcan dispersas, con demandas diferentes y una articulación política insuficiente. Trabajadores, jubilados, estudiantes, docentes, científicos, personas con discapacidad, familias de los barrios populares y organizaciones comunitarias protagonizan una sucesión de protestas que desmiente cualquier fantasía sobre una sociedad resignada o definitivamente domesticada. No siempre marchan juntos ni comparten una misma identidad política, pero hay un hilo que conecta buena parte de esos reclamos: la pérdida cotidiana de derechos, ingresos, oportunidades y expectativas, mientras el Gobierno pretende presentar el sufrimiento social como el inevitable precio de una transformación histórica.

En ese escenario, el movimiento sindical ofrece un panorama desigual. La CGT, que conserva una capacidad de representación y una estructura nacional de enorme relevancia, exhibe una apatía y una debilidad política que contrastan con la magnitud del ataque sobre los derechos laborales y las condiciones de vida de sus representados. Sus vacilaciones alimentan una pregunta incómoda: ¿está dispuesta a encabezar una respuesta proporcional al deterioro que padecen millones de trabajadores o seguirá administrando sus márgenes de negociación mientras la paciencia social se consume?

Las dos CTA, con sus diferencias y limitaciones, han mostrado una disposición más aguerrida para acompañar conflictos, movilizaciones y reclamos frente al ajuste. También los movimientos territoriales, golpeados por el desfinanciamiento, la estigmatización oficial y el debilitamiento de sus recursos, siguen presentes en una realidad barrial que no desaparece porque el Gobierno haya decidido convertir la organización popular en una categoría sospechosa. Están debilitados, sí; atravesados por dificultades y contradicciones, también. Pero no están vencidos. Allí donde el Estado se retira o llega con cuentagotas, todavía hay redes de solidaridad, comedores, merenderos y organizaciones que sostienen como pueden aquello que las políticas públicas abandonan.

Esa resistencia, sin embargo, necesita encontrar una traducción política capaz de reunir demandas, elaborar un programa y ofrecer una perspectiva de salida. Las organizaciones pueden sostener la asistencia, las marchas hacer visible una injusticia y los sindicatos defender derechos amenazados, pero ninguna de esas tareas reemplaza la construcción de una alternativa de poder. Y es precisamente en ese terreno donde aparece una de las mayores debilidades del escenario actual: el descontento social crece, se expresa en múltiples espacios y acumula razones para enfrentarse al rumbo oficial, pero todavía no encuentra una conducción amplia que consiga articularlo sin reducirlo a una disputa por candidaturas.

Argentina puede que precise, de aquí en más, una amplia revolución estructural en todas sus instituciones

Las diferencias dentro del peronismo, del progresismo y de los distintos espacios que se oponen a Milei son legítimas y necesarias en democracia. Lo difícil de justificar es que tantas veces deriven en un espectáculo de recelos, operaciones cruzadas y ambiciones personales, mientras quienes deberían representar a los sectores afectados tienen dificultades para pagar el alquiler, llegar a fin de mes o sostener una vida digna. La discusión sobre los nombres ocupa el centro de la escena; la reconstrucción del trabajo, la recuperación de los ingresos, la defensa de la salud y la educación públicas y la respuesta a la emergencia social parecen quedar para después, como si el programa de gobierno pudiera redactarse una vez resuelto quién se sienta en la cabecera de la mesa.

¿Realmente quieren ganar las próximas elecciones o confían en que el desgaste de Milei hará el trabajo por ellos?

El rechazo a las políticas libertarias no implica una adhesión automática a quienes gobernaron antes, ni una obligación ciudadana de perdonar errores por el solo hecho de que enfrente haya un Gobierno brutalmente regresivo. La sociedad no tiene por qué elegir entre la crueldad de unos y la evidente impotencia de otros. Necesita una alternativa que reconozca sus propias responsabilidades, explique qué pretende hacer y demuestre que puede construir una mayoría sin convertir cada diferencia en una guerra de supervivencia.

La ausencia de esa voluntad articuladora resulta alarmante. Cabe preguntarse si se trata solamente de una incapacidad para construir acuerdos, o si algunos sectores prefieren conservar sus posiciones cuasi mesiánicas antes que asumir los riesgos de una confrontación política real. No hace falta atribuir una conspiración a cada desacuerdo para advertir que el resultado termina siendo funcional al oficialismo: mientras sus adversarios se desgastan entre sí, Milei conserva la posibilidad de presentar cualquier alternativa como un regreso al pasado, aunque su propio presente acumule privaciones, incertidumbres, promesas incumplidas… y solo ofrezca un camino inundado de mierda para el conjunto amplísimamente mayoritario de nuestro pueblo.

En medio de ese panorama, corresponde reconocer el esfuerzo persistente de sectores de la izquierda con representación parlamentaria que han sostenido posiciones coherentes frente al ajuste, acompañado reclamos y llevado al recinto demandas que otras fuerzas opositoras relegan con demasiada frecuencia. Es un aporte valioso, pero insuficiente por sí solo para articular la diversidad de sectores afectados y construir la mayoría política y electoral que semejante tarea requiere.

La paradoja es brutal: mientras trabajadores y jubilados pierden capacidad adquisitiva, las organizaciones sociales intentan sostener redes de asistencia cada vez más exigidas y miles de familias recortan lo indispensable, la política institucional no consigue interpretar en toda su dimensión el malestar que se expresa en las calles. No faltan reclamos ni voluntad de resistencia. Falta una herramienta política suficientemente amplia, confiable y decidida para convertir esa energía en una propuesta de transformación.

Y eso de “todos adentro, apretujados, a último momento para abrazarse en las fotos y hacer de cuenta como que todo está bien cuando ya todos saben que todo está mal” lo diré sin anestesia: Tampoco sirve para un carajo.

Milei no necesita que sus adversarios estén de acuerdo con cada punto de su programa; le basta, muchas veces, con que no consigan construir una alternativa reconocible. La amenaza del regreso del pasado pierde fuerza cuando existe una propuesta capaz de hablar del futuro con medidas concretas, reconocer errores y ofrecer garantías de que no se volverá a gobernar como si nada hubiera ocurrido. Sin esa elaboración, la denuncia del ajuste corre el riesgo de quedar encerrada en la protesta, mientras el oficialismo aprovecha las divisiones ajenas para prolongar su propio relato. Y terminar de destruirlo todo.

La política debe escuchar esa marea de reclamos y construir una salida que no se limite a prometer que todo será distinto cuando cambien los nombres del Gobierno. Debe explicar cómo piensa recuperar los salarios, reconstruir la producción, defender los derechos laborales y garantizar condiciones de vida dignas, sin vender soluciones mágicas ni pedir un cheque en blanco. Y evitar corridas cambiarias, por caso.

La oposición debería comprender que el hartazgo social no constituye una propiedad privada de ningún partido ni una herencia electoral que se recibe automáticamente cuando el Gobierno fracasa.

Mientras tanto, cada noche volverán a encenderse las ollas y a formarse las filas. Habrá personas esperando una ración, organizaciones intentando sostener lo que queda y trabajadores reclamando derechos. Esa marea no necesita que nadie le explique que la situación es grave: la padece en su propio cuerpo. Lo que necesita es una representación capaz de escucharla, organizarla y ofrecerle una salida.

Porque mientras el pueblo pone el cuerpo, las pérdidas y la paciencia, la dirigencia no puede seguir anteponiendo sus miserables internas. La confianza popular se construye con hechos, propuestas y responsabilidad. Y el tiempo para demostrarlo no es infinito.

Un comentario en «El pueblo pone el hambre; la oposición, las internas»

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