El contexto concreto nos muestra un 52% de pobreza, un 18% de población en la indigencia, números aún más devastadores cuando analizamos la situación socioeconómica de la población infanto-juvenil. Ello llevado al extremo de la desesperación –hermana ladina de la depresión social- de la mano de las políticas de ajuste implementadas por el equipo económico.

Son los valores más altos desde 2004, y traen consecuencias inmediatas, tales como la pérdida de empleo, en especial en el sector informal, más bajos salarios en el sector informal.

Se torna cada día más difícil escuchar con desapasionada atención, en este orden de cosas, las bravatas presidenciales que describen un país que no existe, y que nunca será. A menos que los inmensos poderes fácticos externos apuntalen a los internos para mantener a como dé lugar al rumbo económico y social pergeñado mucho más desde sofisticados búnkers quién sabe alojados dónde, que desde la mesa chica del actual mandatario. A quien, como reza el título de esta editorial, le fascina avanzar repartiendo rebencazos, aunque no sabemos hasta qué punto es consciente de su rol de capataz… porque los verdaderos patrones le dictan órdenes desde otras latitudes.

Y en el mismo lodo…

El clima general nos ofrece tensión, miedo y apatía como ejes a considerar para entender este momento político y social. Hay probadas razones para esa escasez de risas y bonitos semblantes en nuestras calles cotidianas.

Por caso: Se derrumba la producción electrónica de consumo, la de aparatos de uso doméstico, la automotriz, la construcción, la siderurgia, la venta de maquinaria agrícola y la de fabricación industrial. La calle habla por sí sola, por más que muchos aún se empecinen en mostrarse indiferentes, o acaso el ilimitado orgullo sea demasiada coraza para admitir que, sólo tal vez, hayan cometido el peor yerro de sus vidas eligiendo a este modelo de saqueo nacional a escala probablemente inédita y de pronóstico, se deduce, harto reservado. En el mejor de los casos.

Se prevé para esta semana una gran movilización en respaldo a los apaleados jubilados, que incluirá a las centrales sindicales y movimientos sociales, además de fuerzas de izquierda y, se intuye, también mucha más gente “suelta” dispuesta a poner el pecho, mientras en el Congreso se andará rosqueando de lo lindo, para ver si unos y otros se animan a detener la ofensiva salvaje del ajuste inhumano que desarrolla el gobierno nacional, con explícito y morboso placer.

Situaciones de dudosa veracidad en sus orígenes y motivaciones profundas, sumado a la constante –y nada reciente, digamos todo- instalación multimediática de supuestos enemigos externos –tanto más disparatados como incomprobables, que no es otro el objetivo oficial- parecen empujarnos más alá de los límites últimos del sistema democrático en sus formalidades más elementales, para crear el marco propicio para un clima de violencia incipiente que habilite la justificación represiva.

Todo ello, acompañado en estos recientes días a la decisión gubernamental –siempre por decreto- que el acceso a la información pública queda restringida, y cual pésimo sainete, será el propio gobierno quien determine si la información no perjudica el accionar de sus funcionarios.

Frente a este escenario, los sectores mayoritarios de la oposición política con raíz parlamentaria, ¿Están haciendo todos los esfuerzos para unificarse y no dividirse en un sinfín de internas tan inservibles como los dirigentes que la agitan y promocionan?

Ya es hora que aprendamos a que el fuego calienta desde abajo

Uno de los más profundos problemas, totalmente irresuelto, que forma parte del ADN del pueblo argentino, es su escasa capacidad organizativa sin depender de su constante expectativa a una voz de liderazgo “fuerte” que los encuadre, ordene y les diga lo que tengan que hacer, pensar y ejecutar. Llegamos a estas instancias, luego de haber probado una, y otra, y otra vez, esa matriz de construcción, a derecha e izquierda. Y aquí nos encontramos. Poco menos que a la deriva, a merced de saqueadores inescrupulosos, dispuestos a todo.

Porque también es bien cierto y tangible que nosotros, el pueblo, acostumbra delegar e inculpar de todas sus tragedias a un puñado de dirigentes… pero nunca nos preguntamos ni damos el paso adelante para aprender a organizarnos sin depender de aquellos, e intentar transitar ese incómodo pero seguramente, liberador camino del hacernos cargo como sociedad, de lo que somos, dónde estamos, y hacia dónde realmente pretendemos avanzar.

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