El lenguaje irresponsable impera, desde el poder, en los micrófonos habilitados, en las redes… y tal como se vienen desarrollando los escenarios,  decir cualquier cosa sin medir las consecuencias está a la orden del día.

En otra esquina, el no cumplir con las leyes, auxiliados por la complicidad del poder judicial. Una imagen clara de una ilimitada confianza de quienes ostentan el poder en su impunidad al romper límites. Para ponerle justa dimensión a los efectos que perpetran, se puede consultar a las personas discapacitadas o a los desocupados industriales.

El jefe reconocido de nuestra “suprema autoridad política” secuestró a otro presidente, matando a su custodia. El mismo personaje (pelo amarillo y piel naranja… ¿lo sacan?) asesinó de modo premeditado y con alevosía -utilizando medios o formas que aseguran su ejecución, actuando a traición y sobre seguro, eliminando la defensa de la víctima- al máximo religioso de un  tercer  pueblo, sin ser juzgado por el crimen de lesa Humanidad.

Un pueblo entero. 70.000 ALMAS ya masacradas,  bombardeados con IA hasta convertirlo por completo en ruinas.

El señor en cuestión, jefe de Estado, figura en las listas como amigo personal y usuario de los servicios del pederasta más famoso y exitoso del norte capitalista neoliberal. Ejemplos de fama, fuerza y potestad.

Todo ello forma parte de las matrices de lo que ven y leen en los celulares los menores en cuestión. Es lo que enseña el caramelo tóxico, sedante e hipnótico, sin regulación ni control, salvo el dique de contención voluntario de padres y familias, y alguna escuela que acordó colectivamente apartarlos a los telefonitos de su práctica pedagógica.

El dominio de las redes,  drogas diseñadas para captar la atención y monetizarla, habilita cualquier salvajada con efecto brillante y llamativo. No abundan por ahí muchas críticas o criterios de cuidado para pibes y pibas, con las incumbencias y autoría de las empresas propietarias y sus dueños.

Los medios de comunicación están plagados de personas que pueden insultar, decir las más desaforadas expresiones, sin distinguir grosería, asquerosidad o indecencia del lenguaje que defina y dimensione adecuadamente la realidad.

Y ésa es la pecera donde nada nuestro intercambio simbólico.

Es muy fácil hacer la lista de desvergüenzas que el universo mental y la cultura adulta muestra a los jóvenes, sin contención ni recato. Así las cosas, alternativas medulares como el desarrollo del arte, cultivar el conocimiento o el camino hacia la ciencia… han devenido en  memes irrelevantes.

Desde esa plataforma perdimos el derecho a juzgar qué hacen y piensan. Nosotros permitimos que el poder lograra desplegarse con todo su descaro ante nuestros hijos e hijas. La vergüenza es un escozor, una alhaja de minorías.

Nosotros, las y los adultos, producimos este universo que a su vez provoca sus respuestas.

Si pensamos que la pedagogía policial, las mochilas transparentes o el control de metales resolverán la ensalada moral que consumen, y a la que responden, nuestrxs niñxs y adolescentes… pues sólo estamos salivando sobre el fuego.

Cada persona adulta debe medir cómo su conducta, su lenguaje y su correspondencia incide sobre la siguiente generación.

Es ese el sentido de ser obsesivo  por ejemplo con la métrica, la magnitud y el alcance de lo que decimos y escribimos por aquí. Podemos errar, pero somos conscientes del posible impacto racional de nuestras palabras. Luego viene el debate, donde enriquecidos con las perspectivas ajenas, nos ayudamos a perfilar la corrección de nuestras percepciones. En el camino, elaboramos síntesis parciales que corrigen a la práctica.

El ejemplo es la mejor escuela. La coherencia una búsqueda de verdad, justicia y belleza.

Y no es un ideal aristocrático el mero hecho de desear y obrar a favor de una vida más digna.

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