Por Guillermo Antonio Saucedo

Licenciado en Periodismo | Comunicación, territorio y tecnologías | Presidente de UCAYA | Docente universitario

En los últimos años, el ecosistema digital fue corriendo el arco casi sin que nos diéramos cuenta, instalando la idea de que la relevancia de un medio o de una propuesta comunicacional se mide principalmente en métricas cuantitativas: clics, impresiones, tiempo de permanencia o alcance algorítmico. Sin embargo, en el trabajo cotidiano con los medios locales, en las escuelas o en las redes donde compartimos experiencias, suele aparecer una inquietud: ¿alcanzan las métricas de las grandes plataformas para comprender si un proyecto está echando raíces o si apenas genera un impacto efímero?

A veces nos encontramos con notas o producciones que logran picos de visitas gracias a un título llamativo o a un guiño del algoritmo. Pero queda una pregunta flotando: ¿eso fortalece el tejido de la comunidad?, ¿deja algo?, ¿abre conversaciones entre los vecinos o en las instituciones? Las herramientas tradicionales de analítica muestran con mucha precisión la captación de atención inmediata. Al mismo tiempo, dicen bastante menos sobre la construcción de confianza, la legitimidad o la sostenibilidad de un proyecto en el tiempo.

Esto no significa cerrarle la puerta al desarrollo tecnológico ni restar valor a los datos. Más bien representa una oportunidad para ampliar la mirada y pensar maneras más integrales de comprender los ecosistemas comunicacionales. Preguntarnos cómo se van reconfigurando las relaciones entre quienes comunicamos, las tecnologías que van apareciendo y la técnica que desplegamos: esa capacidad de poner en acción los instrumentos con un criterio propio y atentos al contexto.

Podemos empezar a explorar, colectivamente, otros matices para mirar lo que hacemos:

El despliegue de la técnica y la autonomía. Entendiendo la tecnología como el dispositivo o la plataforma, y la técnica como el saber hacer con ella. Tal vez la pregunta no pase tanto por tener la última herramienta del mercado, sino por el nivel de apropiación técnica que logramos para que esos instrumentos acompañen lo que realmente queremos contar. (Este concepto amerita un desarrollo mucho más profundo en si mismo que podremos desplegar en otro momento)

La participación y el arraigo local. Observar hasta qué punto la comunidad se reconoce en los contenidos, encuentra allí un canal de expresión o habita ese espacio no como espectadora de un producto terminado, sino como parte de un proceso vivo.

La dimensión organizacional y humana. Prestar atención a los ritmos de trabajo, la salud de los equipos y las condiciones en las que producimos. ¿Es posible construir proyectos que perduren sin agotar a quienes los sostienen?

La búsqueda de sentido y la identidad. Explorar caminos para generar pensamiento propio, debates cercanos y miradas locales en un entorno donde las narrativas tienden a parecerse cada vez más.

Tal vez el desafío de esta época no sea ponernos a favor o en contra de las tecnologías, sino desarrollar una técnica situada, capaz de poner los instrumentos al servicio de la comunidad. Usar los datos como insumos que orienten la marcha, sin que se conviertan en la única voz que defina el valor de lo que hacemos.

Al final, quizás se trate simplemente de mantener viva la pregunta sobre cómo queremos comunicarnos, sabiendo que las respuestas no vienen empaquetadas desde afuera, sino que se construyen colectivamente en la conversación, en el compartir y en la práctica cotidiana.

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