Más de 100 funcionarios de USA llegan a la posesión. Muchos de ellos se quedan. La cancillería (fiel a su tradición colonizada) extiende además visas preferenciales a la delegación que manda el sionista Netanyahu. La CIA (que consolidó el golpe de 2019, desde Salta, ingresando dinero, material bélico y mercenarios, además de Ivanka Trump, la perfecta cobertura de esa operación), la DEA y el Mossad (que se quedaron desde el golpe para activar operaciones psyops e infiltración ideológica en las propias organizaciones sociales, el MAS y la sociedad civil) ya gozan de la permisividad estatal.

Como ya señalamos, el triángulo del litio ya no es más factor de postura soberana y lo que queda de nuestra riqueza, es el precio del “apoyo” de Washington al nuevo gobierno, o sea, el costo de la “ayuda” que pagaremos por generaciones, claro está, si seguimos existiendo como país (para la perversa y obtusa anuencia de la “nación camba”, que ya impuso su agenda de negocios).

En Bolivia, la política del odio, legitimada por el racismo señorialista de la sociedad urbana, nos ha devuelto a la permanente contradicción de un país que se resiste a reconocerse en la tierra que le da alimento, medicina, tradición y hasta identidad.

Los narcovínculos del gallo mayor y el relato de un país en quiebra serán, ahora, el chantaje ideal que necesitaba Washington para acabar con el estado Plurinacional.

La derecha tiene (gracias también al MAS y al evismo que le brindó 2/3 en el Congreso) el pretexto ideal para conculcar toda demanda: la culpa la tiene el populismo, el progresismo, la izquierda, y sobre todo, los indios. Así acaba la izquierda: rifando otro proceso popular, folklorizando una nueva idea estatal. Y todo a nombre de lo indígena, desacreditando al propio poder y la propia utopía de los nadies.

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