Por:  Ramón Gómez – trabajador metalúrgico

El Mundial en el epicentro de la crueldad

Mientras la pelota ruede durante los noventa minutos, el alargue o penales, tal vez me invada esa misma locura colectiva que nos atrapa a casi todos cada cuatro años. Es una fuerza cultural difícil de evadir. Sin embargo, cada vez que finalice un partido de Argentina en este mundial sobrevendido y sobre promocionado, la realidad se impondrá fuertemente. En un contexto global donde los pueblos sufren, resulta imposible ignorar el profundo tinte de inmoralidad que rodea a este evento.

El fútbol actual se encuentra atrapado, absolutamente cooptado por el negocio y la geopolítica. Lo alarmante es la anestesia generalizada: masas de espectadores que no se detienen a realizar un mínimo análisis crítico para decir con fuerza, claridad y en comunidad: ¡Esto así no va!

Seguramente habrá quien argumente, con aparente buen juicio, que el poder siempre ha pergeñado negocios a través del fútbol. Es verdad. Pero lo que vivimos hoy es distinto: es una violencia explícita. Ya no es el negocio detrás del fútbol; es el fútbol montado y subordinado al negocio. Vemos a los futbolistas, en primera persona, prestando su imagen para que los niños y jóvenes consuman lo que sea, incluyendo la peligrosa adicción de las casas de apuestas desde el teléfono celular.

Antes, los jugadores profesionales se concentraban en la competencia porque sabían que en ella salían al mundo a representar el orgullo y la identidad de su pueblo. Hoy se prestan a sets de grabación, venden su voz, entregan su tiempo e imagen para facturar sin límites. Actúan como si no fuesen suficientes los millonarios contratos de sus clubes y la enorme cotización que otorga el simple hecho de disputar una Copa del Mundo.

Otros dirán, también con buen tino, que la geopolítica siempre usó a los mundiales. La diferencia histórica es crucial: en el pasado, la crueldad de los poderosos se ocultaba de los ojos de la gente. Hoy no hay secretos. Los pueblos ven la crueldad de las guerras casi en vivo y en directo desde la palma de sus manos, al mismo tiempo que sufren en carne propia las desigualdades económicas que esos mismos conflictos generan. Hoy la complicidad es involuntaria tal vez, pero explícita.

La gran y triste novedad de nuestra era es que aquellos atletas que otrora «representaban a los pueblos» hoy han decidido ser solamente jugadores. Esos mismos que encuentran espacio en sus agendas para concentrar y facturar millones en publicidad, repentinamente son incapaces de salirse de su rol profesional para pronunciarse ante el sufrimiento del mundo. Tienen el poder y los recursos para decir «no»; podrían negarse a posar en la foto con quienes financian y fomentan las guerras en el planeta. Pero van. Eligen ir.

Toda verdad suele ser relativa, pero como se dice ahora, “hay factos” y uno es: “Quien representa a un pueblo, lo hace de manera integral o no lo hace”. Con una profunda desilusión, me es necesario decir que muchos de los que integran la selección nacional de fútbol ya no representan al pueblo argentino. Representan, estrictamente, al fútbol local (que no es poco) y sus propias ansias de ser virales.

Al final del día, tal vez porque sea de las pocas cosas que nos unen en un sentimiento indivisible, nos quedan las contradicciones humanas que a todos nos habitan. La indignación convive con la pasión y, trágicamente, mientras ruede la pelota…

Por c2002403

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *