Partamos de algo que debiera ser simple y definitivo para nuestro colectivo social. Pero no lo es: La insistencia en la teoría de la “campaña anti-argentina en el exterior”… esa figura cuya sola mención da un asco intolerable… y que directamente remite a Jorge Rafael Videla, expone que, en apariencia, en el último medio siglo no hemos aprendido nada. Nada.

La final del Mundial dejó una escena que se volvió más interesante que el propio partido: millones de personas convencidas de que la explicación de una derrota debía encontrarse en un laboratorio de conspiraciones y no en la cancha. Bastó un resultado adverso para que las redes sociales fabricaran un universo paralelo donde el FBI ingresó al vestuario, la FIFA escribió el guión del encuentro y una oscura operación internacional decidió que Argentina no podía volver a ser campeona.

La lógica del algoritmo funciona así. No necesita pruebas; necesita emociones. Cuanto más extravagante sea la hipótesis, mayor será su circulación. La verdad perdió hace tiempo la competencia contra el clic. Y la perdió por una goleada, a todas luces, abrumadora.

Mientras canturreamos que “vamos a volver” aún no nos hemos dado cuenta que nos fuimos al descenso. El fantasma de la B a escala nacional ya no es una mera broma de ciencia a ficción.

Volviendo a la espantosa comidilla que prosigue hasta estas horas como tema prioritario, seré conciso: España ganó porque jugó mucho mejor. Nada más incómodo para quienes viven de convertir cada acontecimiento en una batalla geopolítica. El fútbol sigue siendo un deporte donde existen el cansancio, los errores, las lesiones, los planteos tácticos y también la fortuna. Una pelota que entra o sale por centímetros cambia la historia sin necesidad de convocar a ninguna logia internacional.

Eso no significa desconocer que el fútbol profesional está atravesado por enormes intereses económicos ni que la FIFA represente un negocio multimillonario de formas harto obscenas (a las cuales Argentina se integra, digamos todo, graciosamente desde antaño, aparentemente sin el menor remordimiento… excepto cuando algo no sale como se deseaba). Significa, simplemente, no confundir una estructura de poder con una explicación mágica para cada resultado que no nos gusta.

El problema comenzó cuando la discusión dejó de ser futbolística y se convirtió en una disputa sobre la identidad nacional. De pronto aparecieron quienes necesitaban demostrar que el mundo entero odia a los argentinos, mientras otros aprovecharon el clima para reciclar viejos discursos sobre racismo, patriotismo y argentinidad. En esa confusión, el gobierno también hizo su aporte, intentando apropiarse emocionalmente de una Selección que jamás le perteneció.

Nada expresa mejor esa desesperación que el intento permanente de Javier Milei por subirse a cualquier acontecimiento colectivo capaz de mejorar una imagen política deteriorada. Cuando la realidad no alcanza, siempre queda la escenografía.

Sin embargo, la sociedad debería desconfiar de esas operaciones. El patriotismo no necesita impostores profesionales ni administradores oficiales. Mucho menos dirigentes que entregan soberanía mientras envuelven sus discursos en la bandera.

Y si de patriotismos y racismos criollos hablamos, demos vuelta de página y volvamos a las cosas importantes:

¿Existe algo, o alguien, más execrable que la cuna de explotadores y truhanes que se afanaron el Predio Rural de Palermo y garantizaron golpes de Estado (militares o económicos) a granel?

Sí, existen: Son los alcahuetes que concurren a hacerle la corte a los descendientes de nuestros primeros contrabandistas… los choznos de la “Pandilla del Barranco”.

El enemigo histórico del país industrial sigue estando ahí, impune e intocable. Y las vaquitas, más que nunca… son ajenas.

Los nuevos dueños del poder

Mientras la Argentina se empobrece aceleradamente, algunos aprendieron que el negocio no pasa por producir más, sino concentrar más. El caso de Marcos Galperin sintetiza una época: un imperio construido con beneficios estatales, expandido bajo el discurso del libre mercado y consolidado sobre comisiones crecientes, crédito caro y una influencia política que ya ni siquiera se disimula.

Los tecnomagnates dejaron de financiar silenciosamente la política. Ahora la protagonizan. Opinan, disciplinan, financian usinas ideológicas y se presentan como próceres de una libertad que rara vez incluye pagar más impuestos o aceptar controles.

Lo inquietante no es su riqueza. Es su capacidad para moldear gobiernos, instalar agendas y convertir la democracia en un directorio empresarial.

El problema ya no es el Estado capturado por las corporaciones. El problema es que las corporaciones empiezan a comportarse como si fueran el Estado. Y cuando el poder económico deja de esconderse, suele ser porque ya dejó de pedir permiso. Y porque ya dejó de existir, realmente, un Estado que se precie de tener capacidad regulatoria.

Y ahora… ¿Quién podrá defendernos? (el Chapulín Colorado ha muerto)

Quizá el desafío no consista en descubrir quién conspiró contra la Selección, sino en impedir que el algoritmo termine jugando también nuestros partidos culturales y políticos.

Porque cuando dejamos que la posverdad explique la realidad, ya no importa quién ganó una final. Los que siempre terminan levantando la copa son los fabricantes del odio, la manipulación y la ignorancia.

En este marco, sepamos que Javier Milei probablemente logre ser recordado, y con creces, como el “más apto” de los presidentes de Argentina… para forjar la Argentina de mierda que ya se consolida, y que por cierto como nunca antes, él es un actor de relevancia entre quienes la han ayudado a nacer.

Mientras tanto… sigamos hablando de teorías conspirativas vinculadas al fútbol. Al fin y al cabo, atravesamos una ciénaga espinosa, totalmente desnudos y políticamente indefensos. Y aún en tales circunstancias, rodeados de fachos entreguistas y saqueadores que ya vienen a hacerse la América a costa de nuestro presente y futuro, como diría Leonard Cohen, no perdamos la coherencia: En el fondo, y aunque más no sea intuitivamente, “todo el mundo lo sabe… y así es como nos va”.

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