Mientras cierran fábricas, desaparecen empleos y se rematan soberanías a plazo fijo, el futuro vuelve a presentarse como una promesa luminosa: esta vez garantizada por tribunales extranjeros, fondos buitre satisfechos y una deuda de «apenas» cinco mil millones de dólares más. Y eso es sólo para empezar…
Mientras desaparecen empleos, cierran empresas y una parte creciente de la población intenta averiguar en qué momento exacto quedó afuera de la recuperación económica, el Gobierno mantiene un rumbo admirablemente consistente: garantizar certidumbre a los acreedores, privilegios a los grandes inversores y una pedagogía de la resignación para el resto.
Por decreto, el gobierno de Javier Milei autorizó operaciones de endeudamiento por hasta 5 mil millones de dólares. No se trata solamente de tomar deuda. Eso sería demasiado vulgar para los estándares de sofisticación financiera contemporánea. La medida incluye emisión bajo legislación extranjera, prórroga de jurisdicción a tribunales estadounidenses y renuncia limitada a la inmunidad soberana. Una fórmula que, traducida al castellano de a pie, podría resumirse así: si algo sale mal, los argentinos podrán ejercer plenamente su soberano derecho a observar cómo otros deciden sobre sus asuntos.
Pero la fiesta recién comienza.
Mientras se habilita una nueva ronda de endeudamiento, la Cámara de Diputados se prepara para debatir el llamado “Súper RIGI”, una ampliación de beneficios extraordinarios para grandes inversiones en sectores estratégicos. El nombre parece surgido de una agencia de publicidad especializada en convertir privilegios empresariales en epopeyas patrióticas. La promesa es la de siempre: abrir las puertas de par en par para que lleguen inversiones que algún día derramarán prosperidad sobre la población (en buen romance: nunca, bah). El detalle menor es que los argentinos llevan décadas esperando debajo de ese derrame y cada vez están más secos. O muertos.
Entretanto, la industria de la construcción perdió más de 81 mil empleos formales. No es una cifra. Es una ciudad mediana evaporada del mapa laboral. La obra pública fue reducida a una pieza arqueológica, el financiamiento se volvió un lujo y los costos continúan escalando. Allí donde antes había albañiles levantando paredes, ahora hay economistas levantando gráficos.
Las empresas tampoco atraviesan su mejor momento. Según la ENAC, unas 40 mil podrían desaparecer este año. Cuero, madera, textiles: sectores enteros contemplan el horizonte con el mismo entusiasmo que tendría un condenado observando cómo se acerca el verdugo. Desde el poder se insiste en que todo forma parte de una transición. Lo que nadie termina de aclarar es hacia dónde.
Ni siquiera las voces que históricamente frecuentaron los salones del establishment parecen particularmente eufóricas. Carlos Melconian afirmó que la mitad del país está económicamente hundida y reclamó efectos distributivos que permitan volver a generar progreso. Cuando los «médicos» del capitalismo local empiezan a preguntar si el paciente todavía respira, quizá no sea una señal tranquilizadora.
Por si faltaba algún ingrediente para completar el menú, el oficialismo también busca avanzar con acuerdos destinados a cerrar litigios con fondos buitre surgidos de la deuda en default de 2001. Los acreedores cobrarían, las demandas se retirarían y los embargos se levantarían. Una noticia que seguramente será celebrada en los mercados internacionales, esos organismos sensibles y humanitarios que jamás duermen preocupados por el destino de los jubilados, los trabajadores o las pequeñas empresas. Y que, seamos claro, jamás han dejado de oler a mierda.
Así, pieza por pieza, va tomando forma un paisaje singular. Más deuda para atraer inversiones. Más beneficios para atraer inversiones. Menos empleo. Menos empresas. Más concentración económica. Más advertencias sobre el deterioro social. Más promesas de que el sacrificio actual será recompensado en un futuro que siempre parece encontrarse exactamente un poco más adelante. Y más adelante nos espera un despeñadero.
Y entonces aparece una sospecha que sobrevuela el escenario político como un buitre paciente sobre una carretera desierta.
¿Será hacia fin de año cuando se despliegue la versión definitiva del tradicional “plan platita”, esa herramienta milagrosa mediante la cual una población golpeada recibe una zanahoria fiscal mientras el suelo desaparece bajo sus pies? ¿Alcanzará un último reparto de alivios transitorios para convencer a millones de personas de caminar sonrientes hacia un desfiladero cuidadosamente señalizado como destino de progreso?
Tal vez allí resida la cuestión central de esta etapa.
José de San Martín escribió alguna vez que los argentinos “no son empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca”. Han pasado casi dos siglos desde entonces. La historia parece empeñada en someter aquella afirmación a una prueba experimental particularmente ambiciosa.
Los próximos meses dirán si el Libertador tenía razón o si, después de todo, la ingeniería financiera, el marketing político y la desesperación económica lograron finalmente lo que ni invasiones ni bloqueos pudieron conseguir: convertir a todo un país en el relleno de una empanada ajena.
Y vos, ¿De qué sabor te autopercibís?
